Derecho a la vida y a la integridad
El núcleo de la enseñanza católica subraya que el derecho a la vida de cada ser humano inocente es un elemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación. No es un favor del Estado ni depende de que alguien «lo merezca» por méritos sociales o biológicos. Es inherente a la persona por el acto creador.
El Magisterio lo formula con claridad: el derecho a la vida debe reconocerse desde la concepción hasta la muerte natural.
Por eso, cuando una ley positiva priva a un grupo de la protección que debería ofrecer, se debilita la igualdad ante la ley y el fundamento del Estado de derecho.
En el mismo sentido, se enseña que el primer derecho es el derecho a la vida, sin el cual es imposible ejercer los demás: cuando se niega —por ejemplo, mediante el aborto provocado, la muerte del inocente o la eutanasia— la Iglesia considera que se trata de elecciones gravemente equivocadas.
Libertad religiosa, conciencia y libertad de expresión
Para la Iglesia, la libertad religiosa no es un adorno social ni una tolerancia condicionada: es una condición esencial para que la persona pueda buscar la verdad, vivirla libremente y expresarla públicamente.
Además, la libertad religiosa se considera un derecho fundamental arraigado en la dignidad humana, vinculada a que el ser humano posee razón y voluntad libre.
El Magisterio vincula la libertad religiosa con la paz social: cuando se niega esa libertad, se produce una degradación lenta de los vínculos éticos y espirituales de la comunidad, y aumentan el miedo, la sospecha y la opresión que deriva en violencia.
En esta línea, se advierte sobre el riesgo de un «cortocircuito» de los derechos: ciertos derechos (como la libertad de expresión, la conciencia, la libertad religiosa e incluso el derecho a la vida) pueden verse restringidos «en nombre» de otros derechos supuestamente nuevos, hasta que el marco de los derechos pierde vitalidad y abre espacio a la fuerza y la opresión.
Derechos de quienes viven en la fragilidad y desigualdad
La doctrina católica también llama la atención sobre una desigualdad persistente: no basta declarar la igualdad de dignidad y derechos si, en la práctica, mujeres y personas en situaciones de exclusión sufren violencia y quedan menos capaces de defender sus derechos. Por tanto, es necesario que esa igualdad se traduzca en decisiones concretas, incluidas leyes, acceso al trabajo y a la educación, y participación social y política.
Además, se insiste en que la prioridad debe ser el florecimiento real de las personas, junto con sus familias, porque los grandes discursos o los movimientos sociales no valen si no conducen a ese crecimiento humano con derechos inalienables.