Los derechos humanos designan aquellos bienes y exigencias de justicia que corresponden a toda persona por el hecho de ser humana. Incluyen, entre otros, el derecho a la vida, a la integridad física y moral, a la libertad religiosa, a la educación, al trabajo, a la participación social y a unas condiciones dignas de existencia.
La doctrina católica utiliza el lenguaje contemporáneo de los derechos humanos, pero lo integra en una concepción más amplia de la justicia. El derecho no consiste solo en una facultad individual para reclamar algo, sino también en un bien objetivo que debe reconocerse y protegerse dentro de un orden justo. Por eso, la Iglesia relaciona inseparablemente derechos, deberes, responsabilidad y bien común.1,2
La Comisión Teológica Internacional explica que la enseñanza católica contemporánea presenta dos perspectivas complementarias:
- Una perspectiva racional y ascendente, fundada en la ley natural y confirmada por la revelación.
- Una perspectiva teológica y descendente, que contempla la dignidad humana a la luz de la creación, la encarnación y la redención.
Desde esta visión, la persona nunca puede tratarse como un instrumento. Posee razón, libertad, conciencia, responsabilidad y una vocación social, pero también una apertura trascendente a Dios.3

