La desobediencia no equivale a cualquier desacuerdo ni a toda negativa a cumplir una orden. Para que exista en sentido moral, ha de haber una obligación real y un rechazo voluntario. La autoridad que manda debe tener competencia sobre la materia, y el mandato no puede contradecir una norma superior. La autoridad humana recibe su legitimidad de Dios, pero no puede emplearse válidamente contra Él.1
La doctrina católica relaciona el pecado con el uso de la libertad contra la voluntad de Dios. La desobediencia a Dios expresa, en ese sentido, la negativa a reconocer su soberanía y su ley. Juan Pablo II presenta la ruptura con Dios y la oposición a sus mandamientos como elementos centrales del pecado, y vincula esta realidad con los relatos bíblicos de la caída y de Babel.2
La obediencia cristiana no supone la anulación de la libertad. La instrucción El servicio de la autoridad y la obediencia la describe como una escucha confiada de Dios y como una disposición que permite a la persona orientar su libertad hacia el bien.3

