En las Reglas para el discernimiento de espíritus, Ignacio describe la desolación mediante la turbación interior, la inclinación hacia lo bajo, la inquietud y la disminución de la fe, la esperanza y la caridad. También la relaciona con la desgana, la tibieza y la tristeza, junto con la impresión de estar separado del Creador.1
La desolación no equivale simplemente a estar triste. La tristeza puede advertir de un peligro o de un bien que la persona ha descuidado; por eso, el papa Francisco la presenta como una experiencia que conviene interpretar, no solo evitar. En la vida espiritual, sin embargo, la tristeza puede convertirse en obstáculo cuando desanima a quien busca perseverar en el bien.3
Tampoco equivale necesariamente a una pérdida real de la gracia divina. La tradición ignaciana contempla que la persona puede no percibir la ayuda de Dios y, sin embargo, conservar la gracia suficiente para resistir la tentación. La vivencia subjetiva de abandono, por tanto, no demuestra que Dios haya dejado de acompañarla.2

