La expresión desposorios espirituales pertenece al lenguaje simbólico de la tradición cristiana. La Biblia emplea con frecuencia la imagen nupcial para explicar la alianza entre Dios y su pueblo, la unión de Cristo con la Iglesia y la entrega del alma a Dios. En la experiencia de ciertos santos, ese lenguaje también describe una relación singular con la Virgen María, aunque siempre dentro de la única alianza establecida por Jesucristo.
La persona que recibe esta gracia no convierte a María en objeto de culto divino ni la coloca al mismo nivel que Dios. La espiritualidad católica entiende la relación con la Virgen desde su condición de criatura plenamente redimida, Madre de Dios y Madre espiritual de los discípulos. María ocupa un lugar singular en el plan de la salvación porque Dios la eligió para concebir y dar a luz al Hijo encarnado.1
El lenguaje de los desposorios expresa, por tanto, varios elementos:
- Pertenencia filial: el santo se entrega a María como hijo y recibe de ella una especial protección maternal.
- Consagración: la persona pone su vida, sus obras, sus sufrimientos y su misión bajo la custodia de la Virgen.
- Imitación: el vínculo impulsa a reproducir en la propia vida la fe, la humildad, la pureza, la obediencia y la caridad de María.
- Cooperación apostólica: quien pertenece espiritualmente a María procura conducir a otros hacia Jesucristo.
- Unión de voluntades: la persona busca conformar su voluntad con la de Dios siguiendo el ejemplo del fiat de la Anunciación.
La expresión no describe una relación autónoma respecto de Cristo. Toda auténtica devoción mariana conduce al Redentor, porque María recibió su misión en relación inseparable con la Encarnación y con la obra salvadora de su Hijo. Juan Pablo II presentó a María como Madre del Redentor, vinculada activamente a la vida de la Iglesia y a la obra redentora de Cristo.2



