La familia y el matrimonio
La familia constituye el primer entorno de salud. En ella el niño recibe alimento, afecto, normas, hábitos de higiene, educación en la fe y los primeros cuidados en la enfermedad. Un matrimonio estable, abierto a los hijos, protege la salud de los esposos y de la prole; en la ancianidad, la familia sigue siendo el primer lugar de cuidado. La ruptura familiar, la soledad no deseada y el abandono de los mayores figuran entre los factores de riesgo más graves. La Iglesia reclama por eso el respeto a la familia fundada en el matrimonio, a su autonomía y a su misión educadora.
Renta y pobreza
La renta condiciona el acceso a una alimentación adecuada, a una vivienda digna, a la calefacción, al transporte y a los cuidados. La pobreza prolongada genera, además, inseguridad y estrés crónico que deterioran la salud física y mental. El efecto no se limita a quienes están por debajo del umbral de la pobreza: cada tramo de ingresos ofrece resultados mejores que el inferior.
Trabajo y descanso
El desempleo, la precariedad, los turnos extenuantes y los accidentes laborales dañan la salud. Un trabajo honrado, estable, con una remuneración justa y con tiempo de descanso, la protege. La tradición cristiana vincula el descanso semanal al domingo, día del Señor, que ofrece al hombre tiempo para el culto, la familia, la alegría y el reposo del cuerpo y del espíritu.
Educación
La educación influye en la salud porque abre el acceso a empleos más estables, desarrolla la capacidad de comprender la información sanitaria y forma el carácter. Las virtudes humanas que la educación cristiana cultiva, como la templanza, la prudencia y la fortaleza, tienen efectos directos sobre la salud: moderan el uso del alcohol, del tabaco y de otras sustancias, y ayudan a vivir con orden. La instrucción de las madres, en particular, guarda una relación estrecha con la supervivencia y el desarrollo de los hijos.
Vivienda y entorno
La humedad, el frío, el hacinamiento y la inseguridad de no tener un hogar estable dañan la salud. El barrio influye mediante la seguridad, la existencia de espacios verdes, de comercios con alimentos frescos y la calidad de las relaciones entre vecinos.
Alimentación
El hambre y la desnutrición persisten en amplias regiones del mundo, mientras que en otras la mala alimentación se manifiesta en obesidad y enfermedades crónicas ligadas a dietas pobres y a la falta de sobriedad. La tradición cristiana ha cultivado la sobriedad, el ayuno y la abstinencia como medios de santificación que favorecen también el dominio de uno mismo y el equilibrio del cuerpo.
Ambiente
La contaminación del aire, la mala calidad del agua, la falta de saneamiento y los residuos tóxicos provocan enfermedades y muertes prematuras. Sus efectos recaen con más dureza sobre quienes viven en zonas degradadas y carecen de medios para protegerse o trasladarse. La Iglesia pide cuidar la creación como obra de Dios y como casa común del género humano.
Comunidad, vida espiritual y práctica religiosa
La pertenencia a una comunidad que sostiene, da sentido y alienta la esperanza protege frente al aislamiento. Un estudio con más de setenta y cuatro mil enfermeras estadounidenses, seguidas durante dieciséis años, observó que las mujeres que asistían a servicios religiosos más de una vez por semana tenían un riesgo de morir un 33% inferior al de las que nunca asistían. El dato procede de un estudio de observación y no permite atribuir el efecto a una causa única. Tampoco convierte la práctica religiosa en un tratamiento, porque la fe se busca por Dios y no por sus beneficios sanitarios. Sin embargo, la oración, los sacramentos, la vida parroquial y el servicio al prójimo configuran un entorno que contribuye a la salud integral de la persona.
Acceso a la atención sanitaria
La cercanía de los servicios, la ausencia de barreras económicas y la calidad de la atención influyen en los resultados sanitarios. Cuando el paciente debe pagar de su bolsillo una parte importante del coste, la enfermedad puede empujar a una familia a la pobreza.