Primeras manifestaciones en la Edad Media
Desde el siglo XII, diversos santos medievales percibieron en el Corazón de Cristo un refugio de misericordia y una fuente de gracia. Entre ellos destacan San Bernardo, San Bonaventura, Santa Lutgarda y las hermanas Mathilda y Gertrude del monasterio de Helfta, quienes describieron el corazón como «el asiento de la misericordia y el paraíso prometido»1. Estas primeras expresiones sentaron las bases de una piedad que, aunque todavía privada, se difundió entre comunidades monásticas y eruditas.
Revelaciones de Santa Margarita María de Alacoque
El verdadero impulso de la devoción surgió en el siglo XVII con las visiones de Santa Margarita María de Alacoque, a quien Jesús reveló su Sagrado Corazón como «un corazón de fuego que ama sin medida». Ella recibió la misión de instaurar una fiesta de reparación el viernes después del Octavo de Corpus Christi y de promover la comunión el primer viernes de cada mes2. Sus escritos describen la aparición del corazón «radiante como el sol, rodeado de espinas y coronado por una cruz»3, y la promesa de salvación a quienes reciban la comunión nueve meses consecutivos en los primeros viernes4. La Iglesia, tras cuidadosa investigación, reconoció su virtud y beatificó a Margarita María en 1864, canonizándola en 19203.
Expansión y aprobación eclesiástica
El Santo Oficio del Sagrado Corazón fue aprobado por la Congregación de Ritos en 1765, antes incluso de que se reconocieran formalmente las revelaciones, como muestra de la necesidad de «renovar la memoria del amor divino»5. Posteriormente, el Papa Pío IX extendió la fiesta a toda la Iglesia universal en 1856, elevándola a doble de primera clase en 18896. El centenario de esta celebración fue conmemorado en 1956, instando a actos públicos de adoración y expiación7. En el siglo XX, el Papa Pío XI destacó la consecración al Corazón como la práctica devocional principal, invitando a fieles, familias y naciones a entregarse al amor de Cristo8. Más recientemente, el documento Quanta Cura del Papa Pío IX exhortó a los fieles a «suplicar fervientemente el dulce Corazón de Jesús» y a abrir los tesoros celestiales para fortalecer la piedad popular9.

