Primeras manifestaciones
Los primeros cristianos ya honraban a los difuntos mediante la inscripción de sus nombres en los diptychs y la celebración de misas por los fallecidos. En el siglo VI los monjes benedictinos instauraron una conmemoración anual de sus hermanos fallecidos durante Pentecostés, práctica que se extendió a otras congregaciones y regiones1. En el siglo IX, monasterios como los de Saint Gall y Reichenau acordaron observar un día común de súplica por los muertos, señalando la creciente conciencia de una memoria colectiva2.
La iniciativa de San Odilo de Cluny
A mediados del siglo XI, San Odilo, quinto abad de Cluny, instituyó el 2 de noviembre como día de oración y misas de réquiem por todos los fieles difuntos, vinculándolo al día siguiente de la Solemnidad de Todos los Santos. Esta práctica se difundió rápidamente y se convirtió en una costumbre universal dentro de la Iglesia3. El papa León XIII, aunque no concedió una indulgencia universal, ordenó una celebración especial de réquiem el 30 de septiembre de 1888, subrayando la importancia del rito para los difuntos4.

