El origen del diaconado se encuentra en los primeros tiempos de la Iglesia. Los Hechos de los Apóstoles mencionan la elección de siete hombres para el «servicio de las mesas», aunque el texto no aclara si se trataba de una ordenación sacramental, la tradición ha interpretado este episodio como el inicio de la institución diaconal7,8. San Pablo también saluda a los obispos y diáconos de Filipos y enumera las cualidades que deben poseer los diáconos en su Primera Carta a Timoteo, lo que atestigua su presencia y configuración como una categoría distinta de los presbíteros y obispos7,5.
En los primeros siglos, el diácono ocupaba un lugar bien establecido en la jerarquía ministerial7. Los autores de la época, como San Ignacio de Antioquía y San Policarpo de Esmirna, destacaron la importancia del ministerio diaconal y sus múltiples funciones, considerándolos «ministros de la Iglesia de Dios» y exhortándolos a ser misericordiosos y diligentes9,3,10. El diácono era visto como el «oído, boca, corazón y alma» del obispo, sirviendo al pueblo de Dios, cuidando a los enfermos y necesitados, y contribuyendo al apostolado10.
Con el tiempo, la disciplina del diaconado evolucionó. Aunque se mantuvo la prohibición de conferir ordenaciones «por salto» (es decir, sin pasar por los grados inferiores), el número de aquellos que permanecían diáconos de por vida disminuyó, y el diaconado permanente casi desapareció en la Iglesia Latina, convirtiéndose principalmente en una etapa transitoria hacia el sacerdocio11,12,8.
