El diagnóstico genético puede presentarse en distintos momentos del proceso vital y con finalidades diversas. En la tradición moral católica, la diferencia crucial no reside solo en la técnica, sino en el objetivo y en el tipo de intervención que sigue al diagnóstico.
Diagnóstico prenatal
El diagnóstico prenatal permite conocer el estado del embrión y del feto dentro del seno materno. La Iglesia valora su licitud cuando el proceso médico:
- Protege la vida y la integridad del embrión o del feto,
- Evita riesgos desproporcionados,
- Y persigue una finalidad terapéutica, médica o quirúrgica que responda al bien del paciente.
La instrucción moral subraya que el diagnóstico prenatal no debe convertirse en una «sentencia de muerte». Un resultado que muestre malformación o enfermedad hereditaria no puede equivaler a justificar la eliminación del no nacido.
Diagnóstico preimplantatorio
El diagnóstico preimplantatorio se vincula con técnicas de fertilización artificial en las que embriones obtenidos in vitro reciben diagnóstico genético antes de su transferencia al útero. El objetivo declarado suele consistir en transferir únicamente embriones:
- Libres de defectos,
- O con el sexo deseado,
- O con determinadas cualidades consideradas preferibles.
Conexión inmediata entre diagnóstico y eliminación
La gravedad moral aumenta porque el diagnóstico preimplantatorio se integra, de forma práctica y temporal, en un proceso de selección cualitativa que termina en la destrucción del embrión sospechado de anomalías, del embrión que no presenta el sexo buscado o del embrión considerado indeseable.
La Congregación para la Doctrina de la Fe califica esta dinámica como una forma dirigida a la destrucción del embrión, y la interpreta como un acto moralmente equivalente al aborto:
«El diagnóstico preimplantatorio... se dirige a la selección cualitativa y a la consiguiente destrucción de embriones, lo cual constituye un acto de aborto».
Este diagnóstico expresa, además, una mentalidad eugenésica. La reflexión católica la describe como una actitud que «acepta» el aborto selectivo para evitar el nacimiento de niños afectados por anomalías. La Iglesia juzga esa postura como «vergonzosa» e «inaceptable», porque reduce el valor de la vida humana a los parámetros de «normalidad» y bienestar físico.