El diálogo entre católicos y evangélicos surge en el contexto del movimiento ecuménico moderno, impulsado por el Concilio Vaticano II (1962-1965), que en el decreto Unitatis redintegratio invitó a un diálogo fraterno con las comunidades separadas de la Reforma. Aunque los evangélicos, a diferencia de las iglesias reformadas o anglicanas, no forman estructuras eclesiales unificadas, el diálogo se ha desarrollado mediante consultas bilaterales y grupos informales.4
En las décadas de 1970 y 1980, el Magisterio pontificio enfatizó la necesidad de superar prejuicios mutuos. Durante su viaje apostólico a Alemania Occidental en 1980, San Juan Pablo II exhortó a los fieles católicos a profundizar el contacto con sus «hermanos evangélicos», destacando la unidad en las preocupaciones y alegrías compartidas en la fe en Jesucristo.4 Esta invitación se enmarcaba en un ecumenismo de base, donde la profesión sincera de la fe facilita la comprensión recíproca.
A partir de los años 90, el diálogo se institucionalizó con consultas internacionales promovidas por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos (hoy Dicasterio para la Promoción de la Unidad Cristiana). Estos esfuerzos reconocen que, pese a las diferencias, católicos y evangélicos comparten una devoción central a la Biblia y la misión evangelizadora.2
