La palabra diálogo puede designar realidades relacionadas, pero no idénticas. En sentido humano, consiste en una comunicación recíproca que puede perseguir un objetivo común y que, en su grado más profundo, favorece la comunión interpersonal. No equivale, por tanto, a hablar por turnos: implica escuchar, responder y reconocer al interlocutor como persona.1,2
En la vida de la Iglesia, el término también describe una disposición de respeto y amistad que debe acompañar sus actividades evangelizadoras. Esta disposición puede llamarse espíritu de diálogo: no constituye una actividad aislada, sino una manera de relacionarse con los demás.1,2
En el contexto de la pluralidad religiosa, el diálogo comprende las relaciones constructivas entre católicos y personas o comunidades de otras religiones. Su finalidad incluye el entendimiento mutuo y el conocimiento recíproco, y exige tanto el testimonio de las propias convicciones como la apertura a conocer las de los demás.1,2



