La expresión día de precepto designa una jornada en la que la Iglesia establece obligaciones religiosas para los fieles. La participación en la misa es el elemento central; también corresponde observar un tiempo de descanso, de modo que la celebración no quede reducida a una asistencia apresurada al culto. La tradición cristiana entiende estos días como ocasiones para celebrar los misterios de la fe y ordenar la vida cotidiana en torno a ellos.2
El domingo ocupa un lugar singular: el Código de Derecho Canónico lo llama el día primordial de precepto. Su importancia procede de la celebración semanal del misterio pascual de Cristo, es decir, de su pasión, muerte y resurrección. Por eso, las solemnidades que caen entre semana no desplazan al domingo ni tienen exactamente el mismo significado dentro del calendario católico.1,3
La obligación de descanso no equivale a una prohibición absoluta de cualquier actividad laboral. El principio es reservar tiempo para la celebración religiosa, la vida familiar y el reposo festivo. La explicación de san Juan Pablo II presenta el descanso y la participación en la misa como dimensiones vinculadas de estas jornadas, pero también recuerda que la Iglesia ha tenido en cuenta las circunstancias sociales y económicas al fijar el número de días de precepto.2

