La palabra diáspora procede del griego y significa «dispersión». En el lenguaje religioso, el término apareció inicialmente vinculado a la dispersión del pueblo judío fuera de la tierra de Israel. La tradición cristiana asumió después la imagen de una comunidad extendida entre pueblos diversos, aunque la Iglesia no entiende la diáspora como una simple pérdida de unidad o como una situación meramente provisional.
La diáspora católica puede incluir:
- Católicos que viven lejos de sus diócesis o parroquias de origen.
- Emigrantes establecidos en otro país.
- Refugiados y exiliados.
- Comunidades católicas que constituyen una minoría en un territorio.
- Fieles de una lengua o tradición litúrgica particular que necesitan estructuras pastorales propias.
- Estudiantes, trabajadores temporales, marineros, nómadas y otras personas en movilidad.
- Comunidades católicas nacidas de la migración y posteriormente integradas en la Iglesia local.
La Iglesia contempla esta realidad desde una doble perspectiva. Por una parte, la dispersión puede generar soledad religiosa, pérdida de referencias culturales, dificultad para acceder a los sacramentos y debilitamiento de la transmisión de la fe. Por otra, la llegada de católicos procedentes de distintos pueblos puede enriquecer la vida de las parroquias y hacer visible la universalidad de la Iglesia. La presencia de fieles de varias nacionalidades puede otorgar a las comunidades cristianas un rostro más universal y ayudar a los católicos autóctonos a redescubrir su propia fe.1
La diáspora, por tanto, no equivale necesariamente a una Iglesia desarraigada. Puede convertirse en un espacio de comunión entre culturas, de solidaridad y de evangelización. La experiencia histórica muestra que numerosos grupos de migrantes comenzaron a reunirse en lugares modestos para escuchar la Palabra de Dios, celebrar la liturgia y sostenerse mutuamente; algunas de esas comunidades llegaron después a constituir Iglesias locales florecientes.2


