La expresión «Dichosos los limpios de corazón» forma parte del Sermón de la Montaña, un discurso programático de Jesús que resume la nueva Ley evangélica. En Mateo 5:1-12, Cristo asciende a un monte y, sentado como maestro, proclama las ocho Bienaventuranzas a sus discípulos y a la multitud. Esta sexta bienaventuranza sigue a las de los misericordiosos y precede a la de los pacificadores, integrándose en un progresivo ascenso hacia la perfección moral.2,4
El término griego katharoi (limpios o puros) evoca la pureza ritual del Antiguo Testamento, como el corazón íntegro requerido para el culto (Salmo 51:12; 73:1), pero Jesús la eleva a una dimensión interior y moral. No se trata solo de pureza corporal, sino de un corazón liberado de idolatría, hipocresía y pecados internos, especialmente la lujuria, como aclara el contexto inmediato (Mateo 5:27-28).4,5
En el Evangelio de Lucas (6:20-23), las Bienaventuranzas son más concisas, pero el paralelismo con Mateo confirma su autenticidad. La Iglesia las lee en la liturgia como mapa para la vida cristiana, especialmente en la Eucaristía dominical.4

