La persona humana, imagen de Dios
La diferencia esencial entre el hombre y los demás seres vivos no depende solo de la inteligencia práctica, de la capacidad lingüística o del grado de desarrollo biológico. La persona humana pertenece a un orden superior porque posee un alma espiritual y racional y ha sido creada a imagen y semejanza de Dios.
La Academia Pontificia para la Vida relaciona la superioridad ontológica del hombre con sus dimensiones racional y espiritual. Por esa condición, la persona ocupa un lugar central y culminante dentro del orden visible y puede orientar responsablemente los bienes de la creación hacia su auténtico bien.1,2
La imagen divina confiere a cada ser humano una dignidad que no depende de su edad, salud, inteligencia actualmente ejercida, autonomía, productividad o posición social. También poseen esta dignidad el niño no nacido, la persona con discapacidad intelectual profunda, el enfermo inconsciente, el anciano dependiente y quien atraviesa una situación de extrema vulnerabilidad.
La dignidad humana incluye una vocación sobrenatural: la persona ha sido creada para conocer, amar y servir a Dios y para vivir en comunión con Él. Ningún animal puede recibir esta llamada en sentido propio, porque carece de alma espiritual y racional.
Los animales como criaturas de Dios
Los animales no son objetos sin valor ni simples instrumentos. Dios los ha creado y los conserva en su providencia. La Comisión Teológica Internacional recuerda que los animales pertenecen a la obra creadora y que su existencia manifiesta la bondad y la gloria de Dios. La relación humana con ellos debe integrarse en la armonía del conjunto de la creación.3
Cada especie posee una naturaleza, una finalidad y un bien propio. La Declaración Dignitas infinita, publicada por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe el 8 de abril de 2024, enseña que la dignidad, en sentido propio, corresponde al ser humano, pero afirma simultáneamente el valor propio de las demás criaturas, que no existen solo para la utilidad humana.4
Por tanto, la diferencia entre persona y animal no autoriza el desprecio de los animales. La superioridad humana implica una responsabilidad moral mayor.

