La dignidad como don
La dignidad es, ante todo, un don recibido. La persona no se otorga a sí misma el ser, la imagen de Dios ni la llamada a la vida eterna. Recibe la existencia de Dios y, con ella, una dignidad que ningún poder humano puede conceder o retirar legítimamente.
Esta gratuidad excluye toda discriminación basada en la edad, el sexo, la raza, la nacionalidad, la salud, la inteligencia, la situación económica, la discapacidad, la conducta pasada o la utilidad social. El recién nacido, la persona anciana, el enfermo grave, quien vive con una discapacidad profunda, el preso y quien ha cometido delitos conservan su dignidad humana.
La dignidad tampoco depende de la conciencia actual de la persona. El sueño, la enfermedad, la demencia, la inconsciencia o la dependencia no destruyen la condición personal. La dignidad pertenece al ser humano y no a la intensidad de sus capacidades funcionales.
La dignidad como vocación
La dignidad recibida contiene una llamada. Dios no concede la existencia humana como una realidad cerrada, sino como una vocación a la verdad, al amor y a la comunión con Él. El hombre está llamado a realizar libremente aquello que ya posee como don.
Por eso, la dignidad es también una tarea. La persona debe vivir de acuerdo con la verdad de su ser, resistir el mal, formar su conciencia, practicar la justicia, crecer en virtud y aprender a amar. La vida cristiana constituye una respuesta a la vocación de Dios, que llama al ser humano a participar de la vida divina y a alcanzar la bienaventuranza.
La libertad puede abrir la persona al bien o apartarla de él. La elección moral no determina si alguien es humano o no, pero sí determina cómo manifiesta su dignidad. Una vida virtuosa permite que la imagen de Dios resplandezca; el pecado la oscurece y la contradice.
Dignidad y santidad
La plenitud de la dignidad humana no consiste solo en la autonomía, el bienestar, el éxito o el reconocimiento público. La dignidad alcanza su culminación en la santidad, es decir, en la unión con Dios mediante la gracia y la caridad.
El Catecismo presenta una relación inseparable entre la dignidad, la vocación a la bienaventuranza, la libertad, la vida moral, el crecimiento en la virtud y la perfección de la caridad. La gracia ayuda a la persona a evitar el pecado, a levantarse después de la caída y a avanzar hacia la vida eterna.