La doctrina católica sobre la dignidad inalienable de la persona humana se enraíza en la Revelación divina, particularmente en la Sagrada Escritura y la Tradición. Desde el relato de la creación, el ser humano es presentado como coronación de la obra creadora de Dios.
Creación a imagen y semejanza de Dios
En el libro del Génesis, se afirma que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza (Gn 1,26-27), dotándolo de una dignidad única que lo distingue de las demás criaturas. Esta imagen divina implica inteligencia, libertad y capacidad relacional, elevando al hombre por encima del resto de la creación material. Como enseña el Concilio Vaticano II, el hombre no es un mero componente de la naturaleza, sino que la trasciende por sus cualidades interiores, discerniendo su destino eterno bajo la mirada de Dios.5
Esta dignidad se manifiesta en la unidad de cuerpo y alma: el cuerpo no es despreciable, sino honorable, pues Dios lo resucitará. Sin embargo, herido por el pecado original, el hombre debe glorificar a Dios en su corporeidad, resistiendo inclinaciones desordenadas.5
Redención en Cristo y vocación filial
La Encarnación del Verbo eleva aún más esta dignidad. Cristo, Hijo de Dios hecho hombre, revela la preeminencia absoluta de la persona humana, llamada a la comunión filial con el Padre. La redención no disminuye las responsabilidades terrenas, sino que las ilumina con esperanza escatológica. Sin Dios, la dignidad se laceraría, llevando al desaliento ante los enigmas de la vida.1
El Catecismo de la Iglesia Católica subraya que esta llamada universal resuena en todo el mundo, invitando a todos a la filiación divina mediante el Bautismo y la adhesión al Evangelio.6
