Antigüedad tardía y pruebas de destrucción
La historia de la sede cartaginense integra un recorrido de crisis y continuidad. La ciudad de Cartagena sufrió el impacto de las invasiones: los vándalos destruyeron casi por completo la ciudad en el año 425, y parte de la historiografía relaciona ese golpe con la pérdida temporal del rango de sede metropolitana.
A pesar de las turbulencias, la vida episcopal no desapareció del todo en el imaginario histórico: los decretos del II Concilio de Tarragona (516) registran la firma de un obispo de Cartagena, Héctor.
Reconstrucción bizantina, expulsión y cesación episcopal
Tras los vándalos, los bizantinos reconstruyeron Cartagena y devolvieron parte de su antiguo esplendor. En el final del siglo VI figura Liciniano como autor de epístolas de contenido teológico, algunas preservadas en la tradición textual.
La presencia bizantina terminó con la expulsión de 674, y Cartagena dejó de funcionar como sede episcopal.
Etapa andalusí y restauración
Bajo dominio musulmán aparecen rastros de un obispo de Cartagena llamado Juan en el año 998.
La restauración cristiana llegó con la recuperación de la ciudad en 1247. Desde ese momento, la diócesis recuperó su vida y su continuidad institucional. El primer obispo mencionado para la etapa restaurada fue el franciscano fray Pedro Gallego, confesor del rey Alfonso X.
Urban IV y la fijación de la sede en Murcia
La fijación definitiva de la sede en Murcia se asocia a la actuación de Urban IV, quien restauró la diócesis y fijó el asiento episcopal en Murcia.
Este punto resulta decisivo para comprender la configuración histórica de la Diócesis de Cartagena en la Edad Media: Cartagena conserva una carga histórica y catedralicia, pero Murcia ejerce el papel central de gobierno, administración y coordinación pastoral.,