El relato histórico recogido en la fuente citada sitúa a Città di Castello dentro de tensiones propias de los siglos medievales, donde se suceden alianzas y dominaciones. Se menciona que, en la Baja Edad Media, la ciudad habría estado gobernada sucesivamente por los güelfos y los gibelinos.
También se afirma que, en 1375, la ciudad participó en una insurrección de otras poblaciones de los Estados de la Iglesia, y que el cardenal Rober (t) de Ginebra —posteriormente antipapa como Clemente VII— habría intentado recuperar el control con mercenarios bretónes, siendo rechazado.
Asimismo, se relata que, bajo el papado, el asunto evolucionó con episodios militares: bajo el papa Martín V, la ciudad habría sido tomada por Braccio da Montone en 1420; más tarde, Nicolò Vitelli, con ayuda de Florencia y Milán, se habría convertido en gobernante absoluto o tiranno.
En 1474, se señala que el papa Sixto IV envió allí a su sobrino, el cardenal Giuliano della Rovere (luego Juli (i)o II), quien habría puesto sitio; el relato indica que Vitelli no habría cedido hasta saber que el mando de las fuerzas se había confiado al duque Federigo de Urbino, y que el temor a Cesare Borgia habría terminado influyendo en la desistencia del intento posterior.
Aunque este conjunto de hechos no sustituye el análisis estrictamente eclesiástico (territorio, sucesión episcopal documentada, límites diocesanos, etc.), sí explica el trasfondo histórico en el que la vida de la diócesis se desarrolló: la Iglesia local convivió con transformaciones del poder civil y con episodios de conflicto que afectaban necesariamente a la sociedad donde operaba el ministerio pastoral.