Orígenes cristianos y época romana
El cristianismo llegó pronto a Corduba, capital de la Bética y una de las ciudades más importantes de Hispania. La persecución de Diocleciano, a comienzos del siglo IV, dejó mártires cordobeses que la Iglesia local venera desde antiguo: Acisclo y Victoria (17 de noviembre), Fausto, Genaro y Marcial (13 de octubre) y Zoilo (27 de junio).
El primer obispo cuya existencia consta con certeza es Osio, que ocupó la sede hacia finales del siglo III. Confesor de la fe durante la persecución, consejero del emperador Constantino y figura decisiva en la lucha contra el arrianismo, Osio desempeñó un papel de primer orden en el Concilio de Nicea (325) y participó en el de Sárdica (343). La Iglesia de Córdoba lo venera como santo confesor el 27 de agosto, y la diócesis impulsa la causa para que alcance oficialmente los altares.
Época visigoda
Bajo el dominio visigodo, la sede cordobesa alcanzó gran esplendor. La ciudad levantó numerosos templos, entre ellos la basílica de San Vicente, que más tarde ocupó el solar de la mezquita. Los obispos de Córdoba asistieron con regularidad a los concilios de la Iglesia hispana y mantuvieron una vida litúrgica y cultural intensa.
Dominación musulmana y mártires mozárabes
Tras la conquista musulmana del año 711, los cristianos de Córdoba, llamados mozárabes, conservaron durante generaciones su fe, su liturgia y sus obispos, aunque vivían bajo tributo y restricciones crecientes. A mediados del siglo IX, un grupo numeroso de cristianos prefirió la muerte antes que callar su fe. El presbítero Perfecto abrió en el año 850 la serie de los llamados mártires de Córdoba, entre los que figuran Adolfo y Juan, Leocricia y el propio san Eulogio.
Eulogio, sacerdote y escritor, recogió el testimonio de estos mártires en sus obras y animó a los cristianos en la prueba. Elegido arzobispo de Toledo, murió decapitado en el año 859 antes de tomar posesión. En el siglo X, la Iglesia cordobesa añadió un nuevo testigo a su martirologio: el joven Pelagio, ejecutado en el año 925.
Restauración tras la reconquista
El rey Fernando III el Santo conquistó Córdoba el 29 de junio de 1236. La diócesis recuperó entonces su vida regular. En 1238 la antigua mezquita aljama quedó consagrada como catedral y Lope de Fitero ocupó la sede como primer obispo de la nueva etapa. El monarca dotó al cabildo catedralicio, que desde entonces gobierna el culto de la catedral y acompaña a los prelados.
Durante el siglo XV, el cabildo conservó la facultad de elegir a su obispo. Pedro de Córdoba y Solier, elegido en 1464, fue el último prelado que accedió a la sede por ese procedimiento.
Edad Moderna: reforma tridentina y santidad
El concilio de Trento marcó profundamente la historia diocesana. En 1583 la diócesis fundó el seminario de San Pelagio, uno de los primeros de España, para formar al clero según las orientaciones tridentinas. En ese ambiente de reforma floreció la santidad cordobesa:
- San Juan de Ávila, nacido en Almodóvar del Campo, pasó sus últimos años en Montilla, donde murió en 1569 y donde reposan sus restos. Pablo VI lo canonizó en 1970 y Benedicto XVI lo proclamó doctor de la Iglesia el 7 de octubre de 2012. Es patrono del clero secular español.
- San Francisco Solano, franciscano nacido en Montilla en 1549, evangelizó territorios del Perú y del Río de la Plata, y murió en Lima en 1610.
- El beato Francisco de Posadas, dominico nacido en Córdoba en 1644, destacó como predicador y confesor.
La devoción a san Rafael, proclamado custodio de Córdoba, también arraigó en esta época. Tras la epidemia de peste de 1650, la ciudad lo juró como protector en 1651 y levantó en su honor monumentos que aún presiden calles y plazas.
Los hospitales de San Jacinto y de Jesús Nazareno reflejan la caridad organizada de aquellos siglos.
Siglos XIX y XX
Las desamortizaciones del siglo XIX redujeron de forma drástica el patrimonio de la Iglesia en Córdoba, suprimieron conventos y dispersaron obras de arte. El Concordato de 1851 reordenó la geografía eclesiástica de España y vinculó la diócesis con Sevilla. En 1958 los límites cambiaron: la diócesis cedió el arciprestazgo de Castuera a Badajoz y la parroquia de Villanueva de Tapia a Málaga, y recibió de Sevilla las parroquias de Fuente Palmera y Puente Genil.
Durante la persecución religiosa de 1936, la diócesis perdió a decenas de sacerdotes, seminaristas, religiosos y laicos asesinados por odio a la fe. Entre ellos destaca la beata Victoria Díez, maestra de Hornachuelos, a quien Juan Pablo II beatificó en 1993.
Beatificación de los 127 mártires
El 16 de octubre de 2021, el cardenal Marcello Semeraro, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, presidió en la Mezquita-Catedral la beatificación de 127 mártires de la diócesis: 115 hombres y 12 mujeres. El grupo incluye 79 sacerdotes, 39 laicos, 5 seminaristas, 3 religiosos y 1 religiosa. Los nuevos beatos son hoy un referente de fidelidad al Evangelio y de reconciliación.