Uno de los episodios más decisivos en la memoria diocesana del siglo XX es el martirio de su obispo Manuel (Emmanuel) Medina Olmos en el contexto de la persecución que se desencadenó en 1936.
Diego Ventaja Milán y Manuel Medina Olmos: cercanía histórica durante la persecución
Un documento de la Santa Sede recoge detalles biográficos que permiten situar ambos episcopados en el mismo período de peligro.
Se describe que al obispo de Almería, Didaco (Diego) Ventaja Milán, se le da aviso del asalto a su residencia episcopal por milicianos el 25 de julio de 1936, viéndose obligado a refugiarse primero en la casa de su vicario. En ese mismo marco, se precisa que el 27 de julio llegó también al refugio el obispo Guadicense, Manuel Medina Olmos.
Manuel (Emmanuel) Medina Olmos: trayectoria pastoral
El mismo documento describe a Emmanuel Medina Olmos como:
nacido el 9 de agosto de 1869 en el territorio diocesano,
ordenado sacerdote tras un período formativo que la fuente sitúa con precisión,
desempeñando tareas como párroco, prefecto de estudios, y después como canónigo y rector del Sacromonte de Granada,
con un perfil apostólico definido, en el que se destaca su dedicación a la predicación misionera y la catequesis, así como su colaboración con Andrea Manjón en las Escuelas del Ave María.
En cuanto al ministerio episcopal, se indica que fue nombrado:
El documento resalta además aspectos espirituales: su gobierno pastoral con piedad, prudencia y espíritu paterno, con cuidado especial por la formación catequética y la formación del seminario; se le describe también como humilde y pobre.
Captura, cautiverio y preparación al sacrificio
En la narración hagiográfica-documental se afirma que el 27 de julio de 1936, su sede episcopal fue tomada por una «muchedumbre desordenada», y que después fue llevado a Almería; allí se mantiene en custodia junto con el obispo de Almería. Se concluye indicando que ambos permanecieron custodiados hasta el 12 de agosto, tras lo cual fueron encarcelados.
Finalmente, la fuente expresa que, conscientes de la muerte violenta que les esperaba, se prepararon «con serenidad» para el sacrificio supremo, en un clima de oración y disposición interior.