En la doctrina católica, una diócesis no es únicamente una división administrativa, sino una porción del Pueblo de Dios puesta bajo el cuidado pastoral del obispo, ayudado por su presbiterio. En esa comunión visible y sacramental, y mediante la adhesión al pastor, el anuncio del Evangelio y la celebración de la Eucaristía, la comunidad local llega a configurarse como una Iglesia particular donde la Iglesia de Cristo está verdaderamente presente y actúa.1
Esta comprensión eclesiológica ayuda a entender el sentido de la erección de nuevas diócesis: no se crean «zonas» solo por conveniencia, sino comunidades de fe con un centro pastoral efectivo, capaces de organizar el ministerio y sostener la vida litúrgica de modo estable.3
