Primeros testimonios cristianos
La tradición local relaciona los orígenes cristianos de la provincia con san Eufrasio, considerado por la devoción popular primer evangelizador y obispo de Iliturgi, ciudad identificada tradicionalmente con la actual Andújar. Una antigua tradición lo incluye entre los llamados Varones Apostólicos y atribuye su llegada a Hispania a la época apostólica. La Iglesia conserva esta tradición en el ámbito del culto y de la memoria local, pero la identificación exacta de sus circunstancias históricas pertenece al terreno de la tradición y no posee el mismo grado de certeza que los datos documentados de épocas posteriores.
La antigüedad cristiana del territorio también aparece vinculada a Cástulo, importante ciudad de la Hispania romana situada cerca de la actual Linares. La documentación antigua menciona obispos de Cástulo entre los siglos III y VII. Estos prelados participaron en el marco de la Iglesia hispánica tardoantigua y de los concilios visigóticos, aunque la continuidad administrativa entre Cástulo y la diócesis medieval de Jaén no puede establecerse de forma automática.
La presencia de comunidades cristianas en la región sufrió las transformaciones políticas y religiosas derivadas de la conquista islámica de la península ibérica. Durante los siglos de dominio musulmán, las sedes episcopales de la zona experimentaron interrupciones, desplazamientos y modificaciones de jurisdicción. La restauración cristiana posterior no consistió simplemente en reanudar sin cambios las estructuras anteriores, sino en reorganizar la administración eclesiástica conforme a la nueva realidad territorial.
La sede de Baeza
La historia episcopal medieval de Jaén pasa especialmente por Baeza. Tras la conquista cristiana de la ciudad por Fernando III de Castilla, Baeza adquirió una posición central en la reorganización de la Iglesia del territorio. Durante una etapa, la sede episcopal tuvo su centro efectivo en Baeza, y los obispos de esa sede forman un capítulo propio de la historia diocesana.
La sede de Baeza no debe confundirse cronológicamente con la diócesis de Jaén plenamente consolidada. La tradición episcopal baezana constituye un antecedente directo dentro del proceso de restauración de la Iglesia en el territorio, pero la lista de obispos propiamente giennenses comienza con el traslado de la sede a Jaén en el siglo XIII. La documentación histórica sitúa al último obispo de Baeza, fray Domingo, entre 1227 y 1248.
Baeza conservó después una notable importancia eclesiástica, cultural y litúrgica. La ciudad mantiene la memoria de su antigua sede y de su patrimonio religioso, especialmente a través de la catedral de la Natividad de Nuestra Señora, antigua catedral baezana. La presencia de Baeza en la historia de la diócesis recuerda que la identidad giennense no nació únicamente en la capital actual, sino que se formó mediante la integración de varias tradiciones cristianas y episcopales.
Traslado definitivo a Jaén
La restauración de la diócesis en el contexto de la conquista castellana culminó con el traslado de la sede episcopal desde Baeza a Jaén en 1248, durante el pontificado de Inocencio IV. El primer obispo de la sede ya establecida en Jaén fue Pedro Martínez, cuyo episcopado comenzó en 1249.
Este traslado marca la consolidación definitiva de Jaén como ciudad episcopal. Desde entonces, la catedral, el cabildo y las instituciones principales de la diócesis quedaron vinculados a la capital. La sede baezana pasó a desempeñar un papel histórico y patrimonial, mientras que Jaén asumió la función ordinaria de centro episcopal.
La diócesis quedó integrada en la provincia eclesiástica de Toledo durante una parte de su historia medieval y moderna. En la organización eclesiástica contemporánea, Jaén figura como diócesis sufragánea de Granada. La descripción de la provincia eclesiástica de Granada recogía ya en la época moderna la existencia de la diócesis giennense como una circunscripción propia dentro de Andalucía.
Obispos y figuras destacadas
Entre los obispos más recordados figura san Pedro Pascual, obispo de Jaén entre 1296 y 1300. La tradición eclesial lo venera como mártir, pues murió en cautiverio musulmán. Su figura representa la dimensión misionera y martirial de la Iglesia medieval en una zona fronteriza entre los reinos cristianos y musulmanes.
También ocupa un lugar destacado Gonzalo de Zúñiga, obispo entre 1422 y 1456, cuya vida terminó igualmente en cautiverio y cuya memoria quedó asociada al martirio. Ambos prelados forman parte de la historia espiritual de la diócesis, aunque la valoración de su martirio debe situarse dentro de la tradición histórica y litúrgica propia de la Iglesia.
El episcopado de Jaén experimentó transformaciones importantes durante la Edad Moderna y la época contemporánea. Los obispos impulsaron la organización parroquial, la formación del clero, la predicación, la disciplina sacramental y la atención a las instituciones de caridad y enseñanza. El seminario y el cabildo catedralicio desempeñaron un papel central en la preparación de sacerdotes y en la conservación de la vida litúrgica.