Orígenes cristianos e Ilerda tardoantigua
Los orígenes exactos del cristianismo en Lleida permanecen en la penumbra. El descubrimiento en 1927 de una necrópolis paleocristiana y los restos de una basílica de finales del siglo IV demuestran, sin embargo, que la ciudad romana de Ilerda contaba con una comunidad cristiana organizada en el valle del Segre desde época temprana.
El primer obispo cuya existencia consta de forma documentada es Sagicio, hacia el año 419. Le siguen en la serie visigoda Pedro de Lleida (hacia 519), recordado por sus aportaciones a la liturgia hispánica; Andrés (hacia 540); Februario (546); Polibio (589); Julián (592); Amelio (599); Gomarelo (hacia 614); Fructuoso (633); Gaudiolano (653) y Eusendo (683-693).,
El concilio de Lleida del año 546
Lleida pasó a la historia de la Iglesia española como sede de un concilio provincial celebrado en el año 546 en la iglesia de Santa Eulalia, convocado por Sergio, metropolitano de Tarragona. La asamblea aprobó dieciséis cánones que reflejan la preocupación pastoral de la época: prohibieron a los clérigos portar armas, derramar sangre o convivir con mujeres sospechosas, y ordenaron sobre la disciplina del clero y la protección de los bienes de los obispos difuntos. Muchas de estas disposiciones pasaron después a la colección canónica general de la Iglesia.
La sede entre la invasión musulmana, Roda y Barbastro
La ocupación musulmana de principios del siglo VIII interrumpió la sucesión episcopal: el último obispo de la serie antigua, Esteban, aparece hacia 714-719. La tradición histórica sostiene que los obispos buscaron refugio en el norte y que la sede se trasladó a Roda de Isábena, en la Ribagorza, donde una nueva serie episcopal arranca en el siglo IX. Estudios más recientes matizan esa continuidad y la interpretan como una construcción de finales del siglo XI para respaldar la erección de la diócesis de Roda y la futura reconquista de Lleida. La bula Spiritu Domini, que Pascual II dirigió en 1110 a san Ramón, obispo de Roda, respalda la tesis tradicional.
Tras la toma de Barbastro por Pedro I de Aragón, la sede se trasladó a esa ciudad en 1100-1101 con el obispo Poncio. Su sucesor, san Ramón (1104-1126), figura entre los pastores más venerados de aquella etapa.
La restauración tras 1149
El 30 de octubre de 1149, el conde Ramón Berenguer IV de Barcelona conquistó Lleida y puso fin a más de cuatro siglos de dominio musulmán. El obispo de Roda-Barbastro, Guillermo Pere de Ravidats, se estableció en la ciudad y restauró la sede, que quedó vinculada definitivamente a Lleida., La antigua mezquita mayor se transformó en la primera catedral cristiana, con el nombre de Santa María l’Antiga o Santa María in Sede.
El nuevo obispo organizó la diócesis con rapidez. En 1168 promulgó la Ordinatio ecclesiae Ilerdensis, que reguló las parroquias y los estatutos del cabildo catedralicio, formado entonces por veinticinco canónigos que seguían la regla de san Agustín. En 1171 renovó la dependencia de la metrópoli de Tarragona.
Los límites occidentales de la diócesis fueron objeto de disputa con Huesca, hasta que en 1203 el papa Inocencio III resolvió el pleito, fijó la frontera en el río Cinca y cedió Barbastro y su territorio a la diócesis oscense.,
Concilios y vida eclesial medieval
Lleida fue durante la Edad Media un centro de primer orden en la provincia tarraconense. La ciudad acogió numerosos concilios provinciales en 1155, 1173, 1191, 1229, 1237, 1246, 1257, 1293, 1294, 1418 y 1460. Entre ellos destacan:
- El de 1173, que presidió el cardenal Jacinto Bobone, futuro papa Celestino III, y que reforzó la disciplina del clero.
- El de 1229, bajo la presidencia del legado pontificio Juan de Abbeville, considerado el más importante de todos.
- El de 1237, que reprimió con dureza la herejía cátara.
- El de 1246, que absolvió al rey Jaime I de Aragón de la falta cometida contra el obispo de Girona.
En 1241, Ramón de Penyafort estableció en la ciudad un tribunal inquisitorial. El primer sínodo diocesano conocido data de 1248., Hasta el siglo XIV, los cabildos de Lleida y de Roda elegían a los obispos; después, los papas pasaron a designarlos directamente, y con Esteban de Mulceu (1349-1360) arrancó la serie de prelados de nombramiento pontificio.
Edad Moderna: reformas, seminario y guerra de Sucesión
El siglo XVI trajo la reforma tridentina y la creación de instituciones para la formación del clero. En 1557, el obispo Miguel Despuig erigió el seminario de la Concepción, y a lo largo de los siglos siguientes los prelados fundaron o reorganizaron otros centros: el obispo Francisco Olaso Hipenza creó en 1722 un seminario episcopal, y Gregorio Galindo (1736-1756) impulsó el seminario conciliar. El obispo Antonio Agustín (1561-1576), jurista y humanista de gran proyección europea, gobernó la diócesis en estos años y pasó después a la sede de Tarragona.
La guerra de Sucesión supuso un golpe decisivo. El obispo Francisco de Solís (1701-1714) se alineó con Felipe V, lo que provocó una grave fractura en la ciudad y en la diócesis. Tras la victoria borbónica, en 1707 la Seu Vella quedó cerrada al culto y convertida en recinto militar. El cabildo se trasladó primero a la iglesia de la Compañía de Jesús y después a la de San Lorenzo, que ejerció funciones catedralicias hasta la consagración de la nueva catedral. El palacio episcopal fue derribado y los obispos residieron durante años en Monzón.,
En 1717, Felipe V suprimió el Estudi General y trasladó sus estudios a Cervera.
Siglo XIX: del cabildo concordatario a la supresión de exenciones
El siglo XIX alteró de nuevo la fisonomía de la diócesis. El obispo Jerónimo María de Torres (1784-1816) presidió la Junta Superior de Cataluña durante la invasión napoleónica. Más adelante, el Concordato de 1851 redujo el número de capitulares y reordenó la estructura del cabildo catedralicio. En 1874 desaparecieron las jurisdicciones exentas de las abadías de Àger, Alaó y Lavaix y de la Orden del Hospital, y sus parroquias se integraron en la diócesis.
Siglo XX: persecución religiosa y reconstrucción
Durante la guerra civil, la persecución religiosa de 1936 golpeó con especial dureza a la diócesis. Los milicianos incendiaron la catedral nueva, el palacio episcopal y numerosas iglesias, y asesinaron al obispo Salvio Huix Miralpeix junto a más de 270 religiosos. El clero diocesano quedó reducido en dos tercios. Cuando acabó el conflicto, la diócesis emprendió una lenta reconstrucción material y pastoral.
En 1955, un reajuste de límites supuso la pérdida de 35 parroquias y la incorporación de algunos enclaves de la diócesis de Urgell y la parroquia de Maials, procedente de Tortosa. A partir de 1995 llegó el cambio más profundo de su historia reciente, la segregación de la Franja, que se expone más adelante.