Orígenes y tradición apostólica
Una antigua tradición vincula los primeros pasos del cristianismo en esta tierra con la predicación apostólica y recuerda a san Agapito como primer pastor de la sede. La historia documentada empieza algo más tarde: el primer obispo de Lugo atestiguado con seguridad es Agrestio, que aparece hacia el año 433.
La ciudad ya contaba entonces con una larga trayectoria. Fundada en el año 13 a. C. bajo Augusto con el nombre de Lucus Augusti, fue capital de uno de los conventos jurídicos de la Gallaecia, y sus murallas, levantadas en el siglo III y conservadas íntegras, son hoy Patrimonio de la Humanidad desde el año 2000. La diócesis nació sobre ese tejido urbano y abarcó en origen una extensión mucho mayor que la actual, con una parte considerable del norte de la Gallaecia.
Los suevos y el concilio de Lugo de 569
El reino suevo, con capital en Braga, adoptó la fe católica en el siglo VI gracias a la labor evangelizadora de san Martín de Braga, que había apartado a los suevos del arrianismo. El primer concilio de Braga, de 561, ordenó la vida de las Iglesias del reino, y pocos años después el rey Teodomiro convocó en Lugo, el 1 de enero de 569, una asamblea de obispos para confirmar la fe católica y reorganizar la administración eclesiástica.
De aquel concilio salió una decisión de gran alcance: Lugo fue elevada a sede metropolitana, igual que Braga. Se asignaron a cada catedral sus diócesis y parroquias para evitar disputas de límites entre los obispos, en el reparto que la tradición conoce como Parroquial Suevo. Lugo recibió entonces como sufragáneas a Orense, Iria, Astorga y Britonia, esta última erigida con territorio lucense. El obispo Nitigisio firmó las actas del segundo concilio de Braga, de 572, con la dignidad metropolitana de Lugo.
La conquista del reino suevo por Leovigildo, en 585, y la conversión de Recaredo y del reino visigodo, sancionada en el tercer concilio de Toledo (589), incorporaron Lugo a la nueva estructura eclesiástica hispana. La sede perdió con el tiempo la dignidad metropolitana y quedó como sufragánea de Braga.
La restauración altomedieval
La invasión musulmana de 711 interrumpió la vida de la sede. A mediados del siglo VIII, tras las campañas de Alfonso I, el obispo Odoario restauró la iglesia de Lugo y reorganizó el territorio diocesano, labor que devolvió a la ciudad su carácter de centro eclesiástico del interior gallego. Un diploma de Alfonso II presenta la catedral de Lugo como modelo para la de Oviedo, dato que muestra el prestigio de la sede en los orígenes del reino asturiano.
Durante los siglos siguientes, la geografía diocesana cambió con las circunstancias políticas. Lugo cedió territorio para la erección de las sedes de Oviedo (811) y de Mondoñedo (866), recibió el de Orense cuando esta sede quedó suprimida (832) y lo devolvió al restablecerse (886). Entre 745 y 1071 mantuvo una estrecha unión con la sede de Braga, de la que recibió también su dignidad arzobispal.
De metropolitana a sufragánea de Santiago
El restablecimiento de la sede bracarense en 1071 puso fin al rango metropolitano de Lugo. Poco después, el papa Calixto II elevó Santiago de Compostela a la categoría de archidiócesis, y el 27 de febrero de 1120 la sede lucense pasó a la provincia eclesiástica compostelana, en la que permanece desde entonces. En 1185, el papa Lucio III intervino en el largo pleito de límites con la diócesis de Orense.
En esa etapa medieval se emprendió la construcción de la catedral románica actual, iniciada en 1129 por iniciativa del obispo Pedro III, y se consolidó el sistema parroquial, el cabildo y la red de monasterios que vertebró el territorio.
Edad Moderna: Trento, seminario y Reino de Galicia
El concilio de Trento ordenó en 1563 que cada diócesis fundase un seminario para formar a los futuros sacerdotes. Lugo decretó el suyo a finales del siglo XVI -la fecha de 1599 consta en la documentación- y lo puso en marcha en 1624, cuando logró resolver los problemas económicos que retrasaban su apertura. Las plazas se repartían entre los arciprestazgos según su aportación a la financiación del centro.
En 1645, la diócesis contaba con 39 arciprestazgos. En 1669 comenzó la Ofrenda del Reino de Galicia al Santísimo, que desde entonces se renueva sin interrupción cada año en la catedral. En el siglo XVIII, la abadía benedictina de Samos ejercía jurisdicción como prelatura territorial sobre treinta y cinco parroquias y tres prioratos, situados dentro del territorio lucense.
Entre los obispos de esta etapa destaca Cayetano Gil Taboada (1735-1745), después arzobispo de Santiago de Compostela, y Francisco Izquierdo y Tavira, dominico, que gobernó la diócesis entre 1748 y 1762.
Siglos XIX y XX
El siglo XIX trajo para la Iglesia lucense graves pérdidas materiales. El saqueo napoleónico de 1809 arrasó el tesoro de la catedral, y la desamortización de Mendizábal dispersó el patrimonio de los monasterios y puso fin a la jurisdicción territorial de Samos. El 9 de agosto de 1890 una nueva ordenación parroquial reorganizó el mapa pastoral, reforma que se repitió en 1934, 1942, 1955, 1964, 1970, 1985 y 1995 para adaptarlo a los cambios demográficos.
En el siglo XX, la diócesis conoció pastores de especial relieve. Manuel Basulto y Jiménez, obispo de Lugo entre 1909 y 1919, fue trasladado a Jaén y murió mártir en Madrid en 1936; la Iglesia lo beatificó en 2013. Rafael Balanzá y Navarro rigió la diócesis durante treinta y dos años, entre 1928 y 1960, a lo largo de la Guerra Civil y de la reorganización territorial de 1954. Antonio Oña de Echave gobernó de 1961 a 1979 y condujo la diócesis durante el Concilio Vaticano II y la aplicación de sus reformas, y José Higinio Gómez González, franciscano, dirigió la Iglesia lucense de 1980 a 2007.