Orígenes antiguos
La tradición historiográfica sitúa los orígenes de la diócesis en los primeros siglos del cristianismo hispano. Algunas reconstrucciones antiguas relacionaron la sede palentina con los ambientes episcopales de la Hispania romana, aunque la documentación conservada para los primeros siglos resulta escasa y fragmentaria. La posible presencia de un obispo de Palencia en controversias eclesiásticas del siglo III pertenece al ámbito de las hipótesis históricas y no permite establecer una sucesión episcopal continua para ese periodo.
La ciudad y su entorno quedaron afectados por los conflictos que enfrentaron a suevos y visigodos durante el siglo V. El historiador Hidacio relacionó la destrucción o grave deterioro de Palencia con las campañas militares del año 457. Estos acontecimientos debieron alterar profundamente la vida urbana y la organización eclesiástica de la región.
La época visigoda
La cristianización del territorio palentino adquirió una configuración más definida durante la monarquía visigoda. La expansión del priscilianismo por la Tierra de Campos provocó respuestas pastorales y doctrinales por parte de varios obispos hispanos, entre ellos Toribio de Astorga. La documentación antigua presenta esta controversia como uno de los principales episodios religiosos que afectaron al ámbito territorial relacionado con Palencia.
Durante el reinado de Leovigildo, un obispo arriano llamado Maurila ocupó la sede palentina. Tras la conversión del rey Recaredo al catolicismo, Maurila abandonó el arrianismo y participó en el III Concilio de Toledo, celebrado en 589. Este episodio refleja el tránsito de la Iglesia hispana desde la división confesional entre arrianos y católicos hacia la unidad religiosa promovida por la monarquía visigoda.
Otro obispo antiguo vinculado a Palencia fue Conancio, activo durante la primera mitad del siglo VII. Participó en varios concilios toledanos y desarrolló una notable actividad litúrgica. La tradición le atribuye la composición de melodías eclesiásticas y de un libro de oraciones basado en los salmos. Su largo episcopado tuvo también una dimensión formativa, pues aparece relacionado con la educación espiritual de san Fructuoso de Braga.
Crisis altomedieval y restauración
La invasión musulmana y las campañas de los primeros monarcas asturianos alteraron la continuidad de numerosas sedes episcopales del centro y norte de la península. Alfonso I devastó durante el siglo VIII amplias zonas de los Campos Góticos, denominación medieval relacionada con la Tierra de Campos, hasta alcanzar la línea del Duero. La inestabilidad política y demográfica dificultó la permanencia ordinaria de las estructuras episcopales.
Una noticia del Concilio de Oviedo de 811 recoge el nombre de Abundancio como obispo de Palencia. La interpretación tradicional considera posible que ejerciera como obispo titular, sin una comunidad estable bajo su gobierno. Este dato muestra la pervivencia de la memoria institucional de la sede, aunque no demuestra por sí solo una restauración plena de la diócesis.
La restauración medieval comenzó a configurarse durante los siglos IX y X. La tradición atribuyó a Froila, conde de Villafruela, una primera iniciativa restauradora en 921, mientras que la historiografía concedió un papel decisivo a Sancho el Mayor de Navarra y de Castilla. La reorganización efectiva de la sede quedó consolidada en el siglo XI, dentro del proceso de repoblación y estructuración eclesiástica de los reinos cristianos.
La diócesis en el siglo XI y el siglo XII
La serie medieval de obispos restauradores comienza tradicionalmente con Bernardo, situado en torno a 1035. Este prelado habría recibido autoridad sobre la ciudad, sus tierras, castillos y monasterios, en un contexto en el que los obispos desempeñaban funciones religiosas, administrativas y políticas.
A Bernardo se le atribuye el impulso de una primera catedral levantada sobre una cripta relacionada con san Antolín. La tradición palentina vinculó la sede a las reliquias de este santo, cuyo culto adquirió una importancia central en la identidad religiosa de la ciudad. La reconstrucción histórica de los orígenes del templo debe distinguir entre la veneración tradicional de las reliquias, la memoria litúrgica y las pruebas arqueológicas concretas sobre las distintas fases constructivas.
El sucesor de Bernardo, Raimundo, recibió privilegios de Alfonso VI. Posteriormente ocupó la sede Pedro de Agen, clérigo de origen francés relacionado con los círculos reformadores que actuaron en la Iglesia castellana durante los siglos XI y XII. Su episcopado coincidió con las tensiones políticas de la época de la reina Urraca y Alfonso I de Aragón; su fidelidad a la reina provocó su encarcelamiento temporal.
Palencia acogió al menos dos importantes reuniones eclesiásticas durante el siglo XII. En 1113, el arzobispo Bernardo de Toledo presidió un concilio provincial destinado a afrontar los desórdenes políticos y sociales del momento. Durante la Cuaresma de 1129 tuvo lugar otra asamblea en la que participaron Raimundo, arzobispo de Toledo, y Diego Gelmírez, arzobispo de Santiago de Compostela. Estos encuentros muestran la relevancia de Palencia dentro de la organización eclesiástica de la Castilla medieval.
La Baja Edad Media
La diócesis participó en la consolidación de la monarquía castellana y en la expansión de las instituciones eclesiásticas vinculadas a la repoblación. Los obispos ejercieron funciones pastorales junto con responsabilidades diplomáticas, administrativas y militares, propias de una sociedad en la que la frontera y la organización política condicionaban la vida de las iglesias locales.
El obispo Tello aparece relacionado con la batalla de Las Navas de Tolosa de 1212. La tradición vinculó la participación de los palentinos en aquella campaña con el derecho a incorporar la cruz en las armas de la ciudad o de su fortaleza. Este relato pertenece a la memoria cívico-religiosa medieval y debe distinguirse de la documentación estrictamente diplomática sobre la concesión heráldica.
Durante el siglo XV, el obispo Sancho de Rojas destacó por su intervención en la campaña de Antequera y por su participación en las negociaciones que condujeron al compromiso de Caspe, mediante el cual el infante Fernando obtuvo la Corona de Aragón. La actuación de este prelado refleja la frecuente implicación de los obispos castellanos en los asuntos políticos de la Corona.
La época bajomedieval también estuvo marcada por debates sobre la residencia episcopal y la reforma de la vida eclesiástica. Diversos autores denunciaron la ausencia prolongada de algunos obispos y defendieron una presencia pastoral más directa en las diócesis. Este movimiento reformador preparó el clima eclesial que culminaría en las reformas impulsadas por los Reyes Católicos y, más tarde, por el Concilio de Trento.