Antecedentes de la Iglesia de Albarracín
La tradición episcopal de Albarracín hunde sus raíces en la reorganización cristiana del territorio aragonés durante la Edad Media. En 1172, Pedro Ruiz de Azagra conquistó Albarracín y estableció allí una sede episcopal cuyo primer titular conocido fue Martín. Aquel obispo utilizó inicialmente el título de Arcabricense y, posteriormente, el de Segobricense, debido a la identificación medieval de Albarracín con la antigua Segóbriga.2
La jurisdicción albarracinense atravesó una historia compleja. Tras la conquista de Segorbe por Jaime I en 1245, el obispo de Albarracín, Jimeno, tomó posesión de la iglesia segorbina, lo que provocó un conflicto con los obispos de Valencia. La controversia llegó a Roma y concluyó con una reorganización territorial parcial. Durante siglos, Albarracín mantuvo vínculos jurisdiccionales con Segorbe, hasta que en 1571 la diócesis de Albarracín quedó separada de aquella sede.2
La sede albarracinense conservó su catedral y su cabildo propios durante el periodo en que existió como diócesis independiente. Su trayectoria refleja la configuración medieval de las Iglesias locales del interior peninsular, marcada por las conquistas cristianas, la delimitación de los territorios diocesanos y la adaptación de las estructuras eclesiásticas a las nuevas realidades políticas.
Fundación de la diócesis de Teruel
La diócesis de Teruel fue erigida por el papa Gregorio XIII en 1577, a petición de Felipe II. La creación de la sede respondió a la necesidad de dotar de una organización episcopal propia a un territorio extenso y con una identidad política y religiosa consolidada dentro de la Corona de Aragón.3
La antigua iglesia de Santa María de Mediavilla, que había adquirido dignidad de colegiata en 1423, pasó a desempeñar la función de catedral con la creación de la diócesis. El primer obispo elegido fue Juan Pérez de Artieda, aunque no llegó a recibir la consagración episcopal. Andrés Santos ocupó después la sede y fue trasladado a Zaragoza en 1579.3
Durante los primeros decenios, la diócesis necesitó una intensa labor de organización institucional y pastoral. El obispo Jaime Jimeno de Lobera, que gobernó entre 1580 y 1594, desempeñó un papel decisivo en la consolidación de la nueva Iglesia particular. Una monografía histórica dedicada a su episcopado lo presenta como el organizador de la diócesis de Teruel y estudia documentación procedente de los archivos de Teruel, Zaragoza, Madrid y Roma.4
La organización capitular y diocesana
La creación de la sede turolense implicó la formación de un cabildo catedralicio, la delimitación de dignidades y prebendas y la ordenación de los recursos necesarios para sostener el culto y la administración eclesiástica. La documentación pontificia del siglo XVIII recoge diversas disposiciones sobre el archidiaconado, el arciprestazgo, las canonjías, las distribuciones capitulares y los beneficios vinculados a las iglesias de Teruel.5,6
Estas disposiciones muestran que la diócesis no constituía únicamente una demarcación territorial, sino también una comunidad organizada mediante parroquias, cabildo, beneficios e instituciones destinadas a asegurar la celebración litúrgica, la formación del clero y la atención pastoral.
El seminario diocesano
El seminario de Teruel recibió el título de San Toribio de Mogrovejo. Su fundación estuvo vinculada al obispo Francisco José Rodríguez Chico, quien obtuvo para la institución el antiguo colegio de los jesuitas después de la expulsión de la Compañía de Jesús en 1767. Las guerras de la Independencia y los conflictos civiles posteriores afectaron gravemente al edificio, que llegó a utilizarse como cuartel y acabó siendo suprimido durante un periodo.3
El obispo Antonio Lao y Cuevas restableció el seminario en 1849 y cedió para ello su propio palacio. La historia del seminario refleja las dificultades que atravesaron muchas instituciones eclesiásticas españolas durante los siglos XVIII y XIX, así como la voluntad de los obispos de mantener la formación sacerdotal en la diócesis.3


