La teología conciliar describe la diócesis no como un mero marco administrativo, sino como una realidad eclesial dotada de hondura sacramental. En este sentido, se presenta como una porción del Pueblo de Dios reunida por los vínculos de la fe y los sacramentos y convocada por medio del Evangelio y la Eucaristía en torno a su pastor.1
En la misma línea, se subraya que la diócesis implica una nueva imagen del obispo: aunque el territorio y la organización influyan en la vida concreta de la Iglesia, no constituyen por sí solos el elemento teológico determinante. La diócesis se comprende, ante todo, como comunión eucarística y misión pastoral confiada al obispo como pastor propio.1
El obispo diocesano: enseñar, santificar y regir
El papel del obispo se expresa mediante un triple oficio: enseñar, santificar y regir. Esta responsabilidad se describe en el marco de la autoridad del Papa y, a la vez, con respeto a derechos legítimos de otras autoridades jerárquicas.1
A partir de esta comprensión, la misión episcopal se conecta directamente con la vida litúrgica y pastoral: al obispo se le confiere la capitalidad de una Iglesia particular con una misión propia y ordinaria, particularmente en la celebración eucarística y la ordenación del culto, además de la enseñanza y el gobierno pastoral.1

