La fe católica en Dios Padre se profesa en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano: «Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible»1. La paternidad de Dios se entiende primariamente en un sentido intradivino: el Padre engendra eternamente al Hijo, y el Espíritu Santo procede del Padre1. Esta relación eterna define al Padre como el principio sin principio de la divinidad2,3.
El Padre es el origen de la indivisible y más íntima comunión de amor entre las Personas divinas4. Él es el Padre porque es el Padre del Hijo y la fuente de la procesión del Espíritu Santo4. El Hijo y el Espíritu Santo son «del Padre, aunque no después del Padre»4. La generación del Verbo y la procesión del Espíritu no deben entenderse en categorías de tiempo, ya que el Padre engendra eternamente al Hijo, co-eterno y co-reinante, y el Espíritu Santo está en el Padre, glorificado con el Hijo; una sola potencia, una sola naturaleza y una sola divinidad4.
La Iglesia contempla al Padre en relación con el Hijo y el Espíritu Santo, y a esta Trinidad como una comunión de Personas5. La distinción personal del Padre reside en el hecho de que es ingénito. Él mismo es ingénito, y es el Principio de la Persona del Hijo y de la Persona del Espíritu Santo6. Este carácter de «sin principio» significa que no está condicionado por nadie ni por nada más6.
