La tradición teológica distingue dos aspectos del amor que ayudan a comprender el amor divino: el amor de benevolencia y el amor de complacencia.
Amor de benevolencia
El amor de benevolencia consiste en querer el bien de otra persona por ella misma. Amar de este modo significa buscar el bien del amado, aunque no se obtenga ningún beneficio personal. Santo Tomás de Aquino define el amor como querer el bien para alguien y distingue entre el bien que deseamos y la persona para quien lo deseamos.
Dios ama al ser humano con benevolencia porque quiere su existencia, su felicidad verdadera y su unión con Él. La creación, la alianza, la encarnación, la redención y el envío del Espíritu proceden de esta iniciativa gratuita.
El amor de benevolencia no equivale a aprobar todas las decisiones humanas. Un padre que ama a su hijo quiere su bien integral y, por ello, puede corregirle, advertirle o impedirle una conducta destructiva. De forma análoga, el amor de Dios llama a la conversión porque desea liberar a la persona del pecado y conducirla a la vida plena.
Amor de complacencia
El amor de complacencia consiste en alegrarse ante el bien y la perfección de la persona amada. Dios contempla con complacencia la bondad que Él mismo ha depositado en sus criaturas. Su complacencia no nace de una necesidad, como si la criatura añadiera algo a la felicidad divina, sino de su generosidad creadora.
San Francisco de Sales relaciona ambos aspectos: la benevolencia divina comunica el bien a las criaturas, mientras que la complacencia contempla amorosamente la bondad existente en ellas. En Dios, la complacencia no introduce cambio ni dependencia, porque la plenitud divina permanece perfecta e inmutable.
La complacencia de Dios no se reduce a una valoración superficial de las capacidades humanas. Dios mira el corazón y reconoce el bien incluso cuando permanece pequeño, oculto o mezclado con debilidades. La gracia puede hacer crecer en la persona una semejanza cada vez mayor con la perfección divina.
Relación entre ambos amores
Benevolencia y complacencia no describen dos amores incompatibles. La benevolencia quiere y produce el bien; la complacencia se goza en el bien alcanzado. Dios ama al pecador con benevolencia porque quiere salvarlo y, al mismo tiempo, rechaza el pecado que contradice su verdadera felicidad.
En la vida espiritual, la complacencia en la bondad de Dios impulsa a la benevolencia hacia Él. Como la criatura no puede añadir perfección a Dios, su amor hacia Dios adopta la forma de adoración, gratitud, obediencia y deseo de glorificarle. San Francisco de Sales explica que el amor de benevolencia hacia Dios no pretende aumentar la bondad divina, sino honrarla y corresponder a ella.