La Iglesia Católica profesa la fe en un Dios único que es la Santísima e inefable Trinidad de Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo1,2. Este Dios es completamente trascendente al mundo, distinto en realidad y esencia de todo lo creado, y es inefablemente excelso sobre todo lo que existe o puede ser concebido3,4. Dios es infinitamente perfecto, omnipotente, omnisciente y omnipresente5.
Dios como Misterio Inefable
Dios es inefable e incomprensible, un misterio insondable en su esencia6,4. La verdad sobre Dios, especialmente en lo que respecta a la Santísima Trinidad, es un misterio que supera la comprensión humana6,7. Como afirmó San Agustín, «Si lo comprendes, no es Dios»6. La revelación de Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo permite una comprensión adecuada y plena de Él, invitando a la humanidad a participar de su vida eterna mediante la gracia1.
La Unidad y Trinidad de Dios
La doctrina central de la religión cristiana es la verdad de que en la unidad de la Divinidad existen Tres Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, siendo estas Tres Personas realmente distintas entre sí2. El Sínodo de Toledo (675) expresó esta fe en la fórmula concisa: «Unus Deus Trinitas» (Un solo Dios Trinidad)6,8. El Credo Atanasiano lo resume así: «Adoramos un solo Dios en la Trinidad y la Trinidad en la unidad, sin confundir las Personas ni dividir la sustancia; porque una es la Persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu Santo; pero la Divinidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo es una, igual su gloria, coeterna su majestad»2,9,10.
Las tres Personas divinas se distinguen únicamente por las relaciones que tienen entre sí: la relación del Padre con el Hijo, del Hijo con el Padre, y del Padre y el Hijo con el Espíritu Santo, y del Espíritu Santo con el Padre y el Hijo8,9. A pesar de esta distinción de origen, las Personas son coeternas y coiguales; todas son increadas y omnipotentes2,11.

