La persona, «alguien» y no «algo»
La doctrina cristiana afirma que el ser humano posee una dignidad personal: es alguien, no una cosa. Su capacidad de conocimiento, dominio de sí y donación libre fundamenta su valor. Desde esta perspectiva, la discapacidad no cambia el núcleo de la persona, porque el fundamento de la dignidad es anterior y más profundo que cualquier rendimiento.2
Respeto especial para vidas disminuidas o debilitadas
El Catecismo enseña que quienes ven su vida disminuida o debilitada merecen un respeto especial y que las personas enfermas o con discapacidad deben recibir ayuda para llevar, en lo posible, una vida «normal». Esta formulación no reduce la dignidad al bienestar inmediato, sino que impulsa una caridad concreta: acompañar, sostener y permitir el desarrollo humano dentro de las condiciones reales de cada persona.3
Igual dignidad y vocación común
La enseñanza católica insiste en la igualdad en la condición humana: creada a imagen de Dios y redimida por Cristo, toda persona está llamada a participar de la misma bienaventuranza divina. Por eso, la discapacidad no establece una categoría de «vidas menos humanas», sino una forma diversa de vivir la misma vocación a la comunión.1
