Liturgia procede del griego leitourgía, término que puede traducirse como «obra común» o «servicio». La expresión Divina Liturgia designa la celebración eucarística en el Código de los Cánones de las Iglesias Orientales y, de manera más característica, en las Iglesias de tradición griega. Otras tradiciones emplean también nombres como sacrificio, oblación, acción de gracias o fracción del pan; aunque aluden directamente a la Eucaristía, pueden referirse a la celebración en su conjunto.1,2
La liturgia expresa una doble acción: Dios ofrece a su pueblo la vida y la salvación en Cristo, y la Iglesia responde con la alabanza y la entrega de sí misma. El Padre da a su Hijo; el Hijo alimenta a los fieles con la Palabra y con su Cuerpo y Sangre; y la Iglesia, animada por el Espíritu Santo, presenta su acción de gracias al Padre.2
Por ello, la Divina Liturgia no consiste solo en la comunión sacramental. Abarca una celebración articulada en torno a la Palabra de Dios y al rito eucarístico. La proclamación de la Escritura forma parte de la acción litúrgica: Cristo habla a su Iglesia en la Palabra leída, y la homilía pertenece también a esa acción. La comunión culmina la celebración y une a los fieles con Cristo.1
