La Divina Providencia (del latín Providentia y griego pronoia) se refiere a Dios mismo en el acto de Su sabiduría, por el cual Él ordena todos los acontecimientos del universo para que se cumpla el propósito de la creación1. Este propósito supremo es que todas las criaturas manifiesten la gloria de Dios, y específicamente que el ser humano le glorifique, reconociendo Su obra en la naturaleza, sirviéndole con obediencia y amor, y así alcanzando el pleno desarrollo de su naturaleza y la felicidad eterna en Él1.
El universo es concebido como un sistema de seres reales creados por Dios y dirigidos por Él hacia este fin supremo1. La concurrencia de Dios es indispensable para todas las operaciones naturales, tanto de seres animados como inanimados, y aún más para las operaciones del orden sobrenatural1. Dios no solo conserva el universo en su existencia, sino que actúa en y con cada criatura en todas sus actividades1. A pesar del pecado, que surge de la perversión voluntaria de la libertad humana, y a pesar del mal, que es consecuencia del pecado, Dios dirige todo, incluso el mal y el pecado mismo, hacia el fin último para el cual fue creado el universo1. Todas estas operaciones divinas, a excepción de la creación, se atribuyen en la teología católica a la Divina Providencia1.
Filosóficamente, la Providencia se relaciona con la Inteligencia Divina tal como existe en el principio supremo de todas las cosas y las dispone1. San Juan Damasceno la define como «la voluntad de Dios por la cual todas las cosas son gobernadas según la recta razón»1. No es meramente previsión o conocimiento, sino que implica una disposición y arreglo activo de las cosas con miras a un fin definido, sin implicar sucesión temporal, ya que Dios contempla todas las cosas en un acto comprensivo único1.
