La encíclica Divini Illius Magistri establece principios clave para una educación verdaderamente cristiana.
La Educación como Formación Integral hacia Dios
La educación no debe limitarse al desarrollo intelectual o físico, sino que debe ser una formación integral de la persona, orientándola hacia su fin último: Dios. Los hombres, creados a imagen y semejanza de Dios y destinados a Él, que es la perfección infinita, perciben la insuficiencia de los bienes terrenales para producir la verdadera felicidad. Sienten un impulso hacia una perfección superior, implantado por el Creador en su naturaleza racional. La verdadera educación ayuda a adquirir esta perfección.
Muchos, sin embargo, al insistir demasiado en el significado etimológico de la palabra «educación», pretenden extraerla de la propia naturaleza humana y desarrollarla por sus propias fuerzas sin ayuda externa. Estos caen fácilmente en el error porque, en lugar de fijar su mirada en Dios, el primer principio y último fin del universo, se repliegan sobre sí mismos, apegándose exclusivamente a las cosas pasajeras de la tierra. Su inquietud nunca cesará hasta que dirijan su atención y sus esfuerzos hacia Dios, meta de toda perfección, como afirma San Agustín: «Nos creaste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti».
La Libertad de Enseñanza de la Iglesia
La Iglesia tiene un derecho independiente a la libertad de enseñanza, no solo en lo que respecta a su fin y objeto propios, sino también en relación con los medios necesarios y adecuados para alcanzar ese fin. Esto se extiende a todo tipo de aprendizaje e instrucción humana, que es patrimonio común de individuos y sociedad. La Iglesia tiene el derecho de utilizarlo y, sobre todo, de decidir qué puede ayudar o perjudicar la educación cristiana. Esto es así porque la Iglesia, como sociedad perfecta, tiene un derecho independiente a los medios que conducen a su fin, y porque toda forma de instrucción, al igual que toda acción humana, tiene una conexión necesaria con el fin último del hombre, y por lo tanto no puede ser sustraída a los dictados de la ley divina, de la cual la Iglesia es guardiana, intérprete y maestra infalible.
Las instituciones católicas, de cualquier nivel educativo o científico, no necesitan disculpa. El respeto que gozan, los elogios que reciben y las obras eruditas que promueven y producen, así como los hombres bien formados que proporcionan para diversas profesiones, testifican suficientemente a su favor.
La Verdadera Libertad en la Enseñanza y la Ciencia
La norma de una justa libertad en las cosas científicas sirve también como norma inviolable de una justa libertad en las cosas didácticas, es decir, para una libertad de enseñanza rectamente entendida. Esta norma debe observarse en toda instrucción impartida, y su obligación es aún mayor cuando se trata de la instrucción de la juventud.
En esta labor, el maestro, ya sea público o privado, no tiene un derecho absoluto propio, sino solo el que le ha sido comunicado por otros. Además, todo niño o joven cristiano tiene un derecho estricto a una instrucción en armonía con la enseñanza de la Iglesia, «columna y fundamento de la verdad». Quien perturba la fe del alumno de cualquier manera le causa un grave daño, ya que abusa de la confianza que los niños depositan en sus maestros y se aprovecha injustamente de su inexperiencia y de su deseo natural de una libertad desenfrenada, ilusoria y falsa.