La creencia en la divinidad de Jesucristo es un pilar de la fe cristiana, que se manifiesta a lo largo de las Escrituras y ha sido afirmada por la Tradición de la Iglesia1.
En el Antiguo Testamento
Aunque el Antiguo Testamento no presenta la divinidad de Cristo de manera explícita como una doctrina desarrollada, contiene profecías mesiánicas que los cristianos interpretan como precursoras de la venida de un Mesías divino1. Jesús mismo y los Apóstoles se refirieron a estas profecías para sustentar sus afirmaciones y enseñanzas1.
En el Nuevo Testamento
El Nuevo Testamento ofrece una revelación más clara y completa de la divinidad de Cristo1.
Evangelios Sinópticos y Hechos de los Apóstoles
Los Evangelios Sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) y los Hechos de los Apóstoles enfatizan las experiencias de los discípulos con Jesús antes y después de la Pascua, llevándolos a la conclusión de su divinidad2.
Evangelio de Juan
El Evangelio de Juan es particularmente explícito al presentar la divinidad de Jesús. El prólogo de Juan declara solemnemente: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios… Y el Verbo se hizo carne» (Juan 1:1, 1:14)3,1,4. Esta doctrina del Verbo encarnado es la idea fundamental de la teología joánica, que describe a Jesús como el Verbo eterno que habitó entre los hombres en naturaleza humana1. Las epístolas de Juan también reafirman que el Verbo de vida se ha manifestado y que los Apóstoles lo vieron, oyeron y tocaron1.
Epístolas Paulinas
San Pablo, en sus epístolas, utiliza términos como «forma de Dios» e «imagen de Dios» para referirse a la divinidad de Cristo, destacando la distinción personal entre el Padre Eterno y el Hijo Divino (Filipenses 2:6; Colosenses 1:15)1. Afirma que Cristo es el primogénito de toda la creación (Colosenses 1:15), por quien y para quien todas las cosas fueron hechas (Colosenses 1:16)1. En Cristo, reside corporalmente toda la plenitud de la divinidad (Colosenses 2:9)3,1.
Epístolas Católicas
Las Epístolas Católicas también implican la divinidad de Cristo. Santiago se refiere a Jesús con la misma reverencia que a Dios, presentándolo como juez soberano y legislador independiente (Santiago 4:12)1.

