La costumbre de orar en momentos específicos del día y la noche tiene sus raíces en la tradición judía, de la cual los cristianos la tomaron prestada1. Los Salmos ya contienen expresiones que reflejan esta práctica, como «Meditaré en ti por la mañana» o «Siete veces al día te he alabado»1. Los Apóstoles, siguiendo esta costumbre, oraban a medianoche, tercia, sexta y nona1. La oración cristiana primitiva incluía elementos similares a la judía: recitación o canto de salmos, lecturas del Antiguo Testamento, a las que pronto se añadieron lecturas de los Evangelios, Hechos y Epístolas, y a veces cánticos improvisados1.
El desarrollo del Divino Oficio probablemente comenzó con la celebración de la Eucaristía, precedida por el rezo de salmos y la lectura de las Escrituras, lo que se conocía como la Misa de los Catecúmenos1. Con el tiempo, las vigilias se separaron de la Misa y se convirtieron en un oficio independiente1. Durante el siglo V, el Oficio ya estaba compuesto, como hoy, por un Oficio nocturno (Vigilias, luego Maitines) y siete Oficios diurnos: Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas y Completas1. La Constitución Apostólica menciona estas horas: «Haced oraciones por la mañana, a la hora tercia, sexta, nona, y al atardecer y al canto del gallo»1.
La influencia de San Gregorio Magno fue importante en la formación y fijación del Antifonario Romano1. Aunque la Iglesia permitió cierta libertad en la forma externa del Oficio, como la que disfrutaron los monjes de Egipto y San Benito, siempre insistió en supervisar la ortodoxia de las fórmulas litúrgicas1. El Concilio de Milevis (416) prohibió cualquier fórmula litúrgica no aprobada por un concilio o una autoridad competente1.
