Raíces bíblicas y primeros cristianos
La práctica de orar en momentos determinados del día tiene antecedentes en la tradición judía, donde los salmos expresan la alabanza de la mañana, la oración nocturna y la plegaria en distintas horas. Los primeros cristianos heredaron ese ritmo de oración y lo integraron en la vida de sus comunidades. Los relatos bíblicos mencionan a los apóstoles orando en horas concretas, una práctica que contribuyó a configurar el ritmo de la oración cristiana.
En sus primeras formas, la oración cristiana comunitaria incluía salmos y lecturas del Antiguo Testamento. A ellos se añadieron las lecturas de los Evangelios, los Hechos de los Apóstoles y las cartas apostólicas, junto con cánticos cristianos. La celebración ocurría en la comunidad, bajo la presidencia de sus responsables, y no consistía simplemente en la recitación individual de un libro.
Formación de las horas y tradición del Oficio
Con el paso del tiempo, la oración diaria cristiana adquirió formas diversas en las iglesias locales y en las comunidades religiosas. La tradición catedralicia y la monástica aportaron modos distintos de celebración, que se influyeron mutuamente. En la historia, la organización de los textos tendió a concentrarse en libros litúrgicos destinados a ordenar la oración.
La historia del Oficio comprende, por tanto, tanto la celebración comunitaria como la recitación individual. En determinados periodos, la oración quedó más asociada al clero y al uso personal del Breviario. La reforma del Concilio Vaticano II buscó renovar no solo el libro litúrgico, sino también la participación del pueblo cristiano en la oración de la Iglesia.
El Breviario romano y la reforma contemporánea
El Concilio de Trento confió a la Sede Apostólica la reforma del Breviario. En 1568, el papa Pío V promulgó el Breviario romano, para establecer una mayor uniformidad en la oración canónica de la Iglesia latina. En 1911, Pío X reorganizó el salterio y renovó la distribución de los salmos. Durante el siglo XX continuaron los estudios y las reformas litúrgicas, antes de que el Concilio Vaticano II abordara de modo amplio la oración de las horas.
La reforma conciliar dio lugar a la forma actual de la Liturgia de las Horas. La constitución apostólica Laudis canticum, promulgada por Pablo VI en 1970, acompañó la nueva ordenación del Oficio. La reforma procuró presentar con mayor claridad la oración como acción de toda la Iglesia y facilitar que comunidades y fieles participasen en ella según su estado de vida y sus circunstancias.,