El matrimonio, tal como lo entiende la Iglesia Católica, es una alianza conyugal establecida por el Creador, caracterizada por una unión íntima de vida y amor1. Esta alianza se basa en el consentimiento personal e irrevocable de los cónyuges, quienes se entregan de manera definitiva y total el uno al otro1. De esta unión surge un vínculo que Dios mismo ha establecido, haciendo que los cónyuges ya no sean dos, sino «una sola carne»1.
Las propiedades esenciales del matrimonio son la unidad y la indisolubilidad2,1. La indisolubilidad significa que el vínculo matrimonial es perpetuo y no puede ser disuelto por ninguna autoridad humana3,4,5. Jesús mismo reafirmó esta enseñanza al decir: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre»1. Esta enseñanza se aplica a todo matrimonio verdadero, incluso antes de que fuera elevado a la dignidad de sacramento4.
Para los bautizados, el matrimonio es un sacramento5. Un matrimonio sacramental válido, una vez ratificado y consumado, no puede ser disuelto por ningún poder humano, incluyendo el del Romano Pontífice6. La Iglesia no tiene la autoridad para contravenir esta disposición de la sabiduría divina6.
