La enseñanza católica sobre el divorcio se basa en la indisolubilidad del matrimonio, una propiedad esencial de esta unión establecida por Dios mismo1,2. Jesús mismo reafirmó esta ley primordial al declarar: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mc 10,11-12)3,4,5. Esta enseñanza se aplica a todos los matrimonios verdaderos, incluso aquellos que no son sacramentales6,5.
El matrimonio, especialmente el cristiano, es un signo de la unión amorosa e irrevocable de Cristo con su Iglesia7,2,8. Por lo tanto, el vínculo matrimonial es perpetuo e indisoluble, y ninguna autoridad humana, ni siquiera la del Romano Pontífice, puede disolver un matrimonio rato y consumado entre dos personas bautizadas9,10. La Iglesia no tiene el poder de contravenir esta disposición de la sabiduría divina9.
El Divorcio como Ofensa Grave
El divorcio, entendido como la ruptura del contrato matrimonial al que los cónyuges consintieron libremente para vivir juntos hasta la muerte, es una ofensa grave contra la ley natural1. Además, si una persona divorciada civilmente contrae una nueva unión, incluso si es reconocida por la ley civil, se añade una mayor gravedad a la ruptura, ya que el cónyuge que se ha vuelto a casar se encuentra en una situación de adulterio público y permanente1,11,3.
La Iglesia, fiel a las palabras de Cristo, no puede reconocer como válida una nueva unión si el primer matrimonio fue válido3,8. Esta postura ha sido una constante en la tradición de la Iglesia, incluso frente a presiones culturales12.

