Los primeros debates
Los primeros siglos del cristianismo estuvieron marcados por controversias sobre la relación entre la divinidad y la humanidad de Cristo. Las escuelas de Antioquía enfatizaban la humanidad de Jesús, mientras que la escuela de Alejandría subrayaba su divinidad. Estas tensiones dieron lugar a herejías como el arrianismo, que negaba la consustancialidad del Hijo con el Padre, y el nestorianismo, que separaba las dos naturalezas en personas distintas1.
El Concilio de Nicea (325)
En respuesta al arrianismo, el Concilio de Nicea definió que el Hijo es consubstancial (homoousios) con el Padre, afirmando la unidad de la naturaleza divina de Cristo2. Esta fórmula estableció que el Logos comparte la misma esencia divina del Padre, sin ser una criatura intermedia.
El Concilio de Constantinopla (381)
El Credo niceno‑constantinopolitano reafirmó la consustancialidad del Hijo y añadió la afirmación de la divinidad del Espíritu Santo, consolidando la doctrina trinitaria y preparando el terreno para una mayor precisión cristológica2.

