El reconocimiento de «Doctores de la Iglesia» tiene sus raíces en los primeros siglos del cristianismo, donde ciertos Padres de la Iglesia fueron venerados por su sabiduría y sus contribuciones teológicas. En la Iglesia Occidental, cuatro Padres fueron preeminentes: San Gregorio Magno, San Ambrosio, San Agustín y San Jerónimo. Estos «cuatro Doctores» se convirtieron en una referencia común entre los escolásticos, y un decreto del Papa Bonifacio VIII en 1298 estableció que sus fiestas se celebraran como dobles en toda la Iglesia1.
En la Iglesia Oriental, tres Doctores destacaron de manera similar: San Juan Crisóstomo, San Basilio y San Gregorio Nacianceno. Sus fiestas fueron declaradas obligatorias en todo el Imperio Oriental por el emperador León VI, y posteriormente se instituyó una fiesta común en su honor el 30 de enero, conocida como «la fiesta de los tres Jerarcas»1. Más tarde, San Atanasio fue añadido a esta lista en Occidente, complementando a los tres jerarcas orientales1.
El número de Doctores de la Iglesia se mantuvo estable durante varios siglos. No fue sino hasta el siglo XVI que se comenzaron a añadir nuevos nombres a esta lista. San Pío V, de la Orden Dominicana, declaró a Santo Tomás de Aquino Doctor de la Iglesia en su nueva edición del Breviario en 1568. Poco después, Sixto V, de la Orden Franciscana, añadió a San Buenaventura en 15881.

