La gracia es fundamentalmente el amor de Dios, el primer don que Él nos ofrece, y que impulsa su comunicación y difusión del bien1. Es un favor, una ayuda libre e inmerecida que Dios nos concede para que podamos responder a su vocación de ser sus hijos adoptivos, partícipes de la naturaleza divina y de la vida eterna2,1. Esta justificación proviene enteramente de la gracia de Dios2.
La gracia se entiende como una participación en la vida de Dios mismo, introduciéndonos en la intimidad de la vida trinitaria. A través del Bautismo, el cristiano participa de la gracia de Cristo, lo que le permite llamar a Dios «Padre» en unión con el Hijo unigénito y recibir la vida del Espíritu Santo que infunde la caridad y edifica la Iglesia3.
En un sentido amplio, la gracia puede referirse a cualquier don del Creador a su criatura. Sin embargo, en su sentido cristiano, designa los signos sobrenaturales del amor de Dios, su intervención que eleva al hombre a una comunión íntima de vida con Él, conocida como «adopción de hijos de Dios»1. Rechazar esta elevación gratuita y libre significaría repudiar una verdad fundamental del cristianismo1.
Distinción entre Naturaleza y Sobrenaturaleza
La teología católica, particularmente la tomista, enfatiza la distinción radical entre Dios y la creación, y entre el orden natural y el sobrenatural4. Los seres humanos, por su propia naturaleza, no pueden alcanzar el orden sobrenatural a menos que sean elevados por un agente sobrenatural, es decir, por Dios4. La gracia es precisamente este don de Dios que eleva a las criaturas a una participación en la vida divina4. Por lo tanto, solo Dios puede iniciar este movimiento de gracia, ya que las criaturas son incapaces de elevarse por sí mismas4.
