Los cuatro principios fundamentales reciben aplicaciones concretas mediante otros criterios de la moral social católica.
Destino universal de los bienes
La propiedad privada posee una función legítima, porque favorece la libertad, la responsabilidad y la estabilidad familiar. Sin embargo, ningún derecho de propiedad puede entenderse como absoluto. Dios destinó los bienes de la tierra al uso de todos, de modo que la propiedad debe cumplir una función social.
La existencia de bienes privados no legitima la exclusión de quienes carecen de lo necesario. El orden económico debe garantizar alimento, vivienda, vestido, educación, trabajo, asistencia sanitaria y participación social.
Opción preferencial por los pobres
La opción preferencial por los pobres no establece una hostilidad contra quienes poseen bienes, sino una prioridad moral hacia las personas que padecen pobreza, marginación o indefensión. La comunidad cristiana debe atender tanto las necesidades inmediatas como las causas estructurales de la exclusión.
La caridad asistencial resulta necesaria, pero no basta. La justicia exige transformar las condiciones que producen explotación, desempleo, desigualdad extrema o falta de oportunidades. La pobreza material reclama también respeto, escucha y participación, porque nadie debe recibir ayuda como un objeto pasivo.
Trabajo y derechos laborales
El trabajo posee una dimensión económica, pero antes que nada constituye una actividad de la persona. El trabajador no puede quedar reducido a una mercancía o a un instrumento de producción. La Doctrina Social defiende el salario justo, la seguridad laboral, el descanso, la conciliación familiar, la protección frente a la explotación y el derecho de asociación.
La economía debe estar al servicio del trabajo y de la persona, no al contrario. La empresa puede generar riqueza y empleo, pero también tiene responsabilidades hacia sus trabajadores, sus consumidores, la sociedad y el medio ambiente.
Familia y sociedad
La familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer constituye la célula originaria de la sociedad. En ella nacen y se desarrollan las primeras relaciones de amor, autoridad, solidaridad y responsabilidad.
Las políticas públicas deben proteger la estabilidad familiar, favorecer la conciliación entre trabajo y vida doméstica, ayudar a la maternidad y paternidad responsables y garantizar la educación de los hijos. El Estado no debe sustituir injustificadamente las responsabilidades propias de los padres.
Autoridad, política y participación
La autoridad política posee una función necesaria: proteger los derechos, promover la justicia, garantizar la paz y ordenar la sociedad al bien común. Su legitimidad moral depende del servicio que presta y del respeto a la ley justa.
La democracia no consiste solamente en procedimientos electorales. Necesita una cultura de la verdad, la responsabilidad, la participación y el respeto a la vida humana. Los católicos pueden adoptar opciones políticas diversas cuando respetan los principios morales fundamentales, porque la Doctrina Social no se identifica con una ideología partidista.
Paz y comunidad internacional
La paz no equivale a la mera ausencia de guerra. Requiere justicia, respeto a los derechos humanos, reconciliación, cooperación y desarrollo integral. La violencia, el terrorismo, la carrera armamentística descontrolada, la explotación económica y la persecución religiosa dañan la paz.
La comunidad internacional debe proteger a los pueblos, resolver los conflictos mediante el diálogo y promover instituciones capaces de defender la dignidad humana. La solidaridad entre naciones exige atender las causas de la pobreza, las migraciones forzadas y las guerras.
Cuidado de la creación
La creación constituye un don confiado por Dios a la humanidad. El dominio humano sobre la naturaleza no equivale a una explotación ilimitada. La responsabilidad ecológica exige utilizar los recursos con prudencia, evitar el despilfarro y considerar las consecuencias de las decisiones económicas sobre los pobres y las generaciones futuras.
La cuestión ambiental posee una dimensión moral: afecta a la vida, la salud, la justicia distributiva y la responsabilidad intergeneracional. El cuidado de la casa común debe integrarse en una visión del desarrollo humano completo.