La Encarnación, en el contexto del dogma católico, se refiere al acto por el cual el Verbo eterno, consustancial al Padre, se hizo hombre sin dejar de ser Dios. Según la enseñanza de la Iglesia, Jesucristo es una sola persona divina que subsiste en dos naturalezas: la divina, propia de su condición eterna como Hijo de Dios, y la humana, asumida en el tiempo mediante la concepción en el seno de la Virgen María por obra del Espíritu Santo.1 Esta unión, conocida como unión hipostática, implica que no hay confusión, cambio, división ni separación entre las naturalezas; ambas coexisten íntegramente en la única persona de Cristo, quien es perfecto Dios y perfecto hombre.2
El Catecismo de la Iglesia Católica describe este evento como único y singular, rechazando cualquier interpretación que lo reduzca a una mera mezcla o fusión de lo divino y lo humano. Jesucristo no es parte Dios y parte hombre, ni un ser híbrido, sino el Verbo hecho carne que permanece íntegro en su divinidad mientras asume plenamente la humanidad, incluyendo un alma racional y un cuerpo mortal.3 Esta doctrina, esencial para la salvación eterna, exige la fe en que Cristo es el puente entre Dios y la humanidad, capaz de redimirla precisamente por ser Dios y hombre al mismo tiempo.4
En términos precisos, la Encarnación no altera la esencia divina del Hijo, sino que la extiende a la creación mediante la asunción de la naturaleza humana. Como afirma el Credo atanasiano, es necesario creer fielmente en esta verdad para la salvación eterna: Cristo es Dios engendrado del Padre antes de los siglos y hombre nacido de su madre en el tiempo, igual al Padre según la divinidad e inferior según la humanidad, pero una sola persona, no dos.4
