La doctrina católica no depende de un único versículo que describa de forma completa el purgatorio. La Iglesia la relaciona con el conjunto de la revelación bíblica sobre el perdón, la purificación, la santidad necesaria para contemplar a Dios y la oración por los difuntos. La tradición cristiana ha vinculado especialmente esta enseñanza con 2 Macabeos 12, 43-46; Mateo 12, 31-32; 1 Corintios 3, 11-15 y 1 Pedro 1, 7.,
2 Macabeos 12, 43-46
El texto de 2 Macabeos narra que Judas Macabeo reunió una colecta y la envió a Jerusalén para ofrecer un sacrificio por los soldados difuntos. El autor considera esta acción buena y santa porque aquellos hombres habían muerto esperando la resurrección. El pasaje concluye que Judas actuó para que los muertos fueran liberados de su pecado.
La importancia teológica del texto reside en cuatro elementos:
- Los fallecidos esperan la resurrección.
- Necesitan todavía liberación del pecado.
- Los vivos pueden interceder por ellos.
- La oración y el sacrificio poseen eficacia en favor de los difuntos.,
La práctica de orar por los muertos carecería de sentido si la muerte cerrase toda posibilidad de ayuda espiritual para quienes mueren en amistad con Dios. Por eso la tradición católica interpreta este pasaje como un fundamento bíblico decisivo de la oración por los difuntos y de la doctrina de la purificación después de la muerte.,
Mateo 12, 31-32
Jesús distingue entre los pecados que pueden recibir perdón en este mundo y ciertos pecados que no reciben perdón «ni en este mundo ni en el venidero». La tradición, recogida por el Catecismo, entiende que esta formulación permite reconocer la existencia de pecados cuyo perdón puede tener lugar en la vida futura.
Este pasaje no ofrece una descripción completa del purgatorio, pero resulta compatible con la enseñanza de una purificación posterior a la muerte para quienes no han muerto en el rechazo definitivo de Dios.
1 Corintios 3, 11-15
San Pablo describe la prueba de la obra de cada persona y afirma que algunos serán salvados «como a través del fuego». La tradición cristiana ha interpretado este fuego como imagen de una purificación que afecta a la persona sin destruirla. El Concilio de Lyon II relacionó este pasaje con la purificación después de la muerte.,
El pasaje no obliga a imaginar un fuego físico. La imagen expresa la acción purificadora del juicio de Dios y la eliminación de todo lo que no puede permanecer ante su santidad.