La llamada y formación de los discípulos
Jesús reunió en torno a sí a un grupo de discípulos. Entre ellos eligió a los Doce, a quienes otorgó un significado representativo respecto de la restauración escatológica de Israel. La elección de los Doce constituye uno de los actos fundamentales mediante los cuales Cristo comenzó a dar forma visible a su Iglesia.
Cristo no se limitó a transmitir enseñanzas individuales. Formó una comunidad con una identidad propia, una misión común y una autoridad recibida de él. Los Apóstoles serían testigos de su vida, de su pasión, de su muerte y de su resurrección, y ejercerían después una función fundacional en la expansión de la Iglesia.
Pedro y el principio de unidad
Dentro del grupo apostólico, Jesús otorgó a Simón Pedro un lugar singular. El cambio de nombre, la misión particular y su posición privilegiada dentro del círculo de los discípulos manifiestan una función específica al servicio de la unidad de la Iglesia.
La tradición teológica católica ha relacionado esta misión de Pedro con el primado del Papa y con la continuidad histórica del ministerio apostólico. La Iglesia universal y las Iglesias particulares permanecen unidas mediante una estructura de comunión y autoridad: el Papa y el Colegio episcopal ejercen la autoridad suprema sobre la Iglesia universal, mientras cada obispo preside una Iglesia particular.
Esta estructura no convierte a la Iglesia en una mera organización administrativa. La autoridad eclesial posee una finalidad sacramental y pastoral: conservar la fe apostólica, enseñar, santificar y guiar al Pueblo de Dios.
La institución de la Eucaristía
La Última Cena ocupa un lugar decisivo en la fundación de la Iglesia. Cristo mantuvo allí el anuncio del Reino y entregó su vida por todos. La Eucaristía hace presente sacramentalmente el sacrificio de Cristo y constituye a los fieles en una comunión con él.
La celebración eucarística manifiesta también la naturaleza jerárquica y orgánica de la Iglesia. El ministerio apostólico, transmitido a los obispos y ejercido subordinadamente por los presbíteros, actualiza sacramentalmente la entrega sacerdotal de Cristo. La Eucaristía no nace de una iniciativa privada de los creyentes, sino de una acción de Cristo confiada a los ministros ordenados.
Por ello, la Iglesia posee simultáneamente una dimensión comunitaria y una estructura ministerial. Todos los bautizados participan en la vida eclesial, pero no todos desempeñan la misma función. La diversidad de ministerios no destruye la unidad, sino que la expresa y la sirve.
La pasión, muerte y resurrección
La muerte de Cristo forma parte del centro constitutivo de la Iglesia. Jesús funda la comunidad mediante la entrega de su vida y la establece sobre la obra redentora que culmina en la cruz. La Iglesia no puede comprenderse al margen del sacrificio de Cristo, porque su existencia nace de la alianza nueva realizada por él.
La resurrección reconstruye la comunión entre Jesús y sus discípulos, que había quedado gravemente herida por la pasión. El Señor resucitado inicia a los discípulos en la vida eclesial propiamente dicha y los prepara para continuar su misión.
La Iglesia, por tanto, no es simplemente la comunidad de quienes recuerdan a un maestro muerto. Es el pueblo reunido por el Cristo vivo, que recibe de él la misión de anunciar el Evangelio y que participa de su vida mediante la acción del Espíritu.
Pentecostés
Pentecostés manifiesta públicamente la Iglesia y la constituye como realidad vivificada por el Espíritu Santo. Después de la ascensión, los discípulos permanecieron reunidos en torno a los Apóstoles y esperaron la promesa del Padre. Con la venida del Espíritu Santo, la comunidad apostólica adquirió fuerza para testimoniar a Cristo hasta los confines de la tierra.
El Espíritu Santo no actúa como una energía impersonal. Él hace de la Iglesia una creación divina, la reúne en la unidad, le concede dones y la impulsa a la misión. La predicación apostólica congregó a los primeros convertidos y dio origen a la Iglesia de Jerusalén, desde la que el cristianismo se extendió progresivamente por numerosas ciudades y regiones.,
Pentecostés no constituye una fundación desligada de los actos anteriores de Cristo. Representa la culminación de un proceso iniciado durante su ministerio terreno y llevado a plenitud mediante la Pascua y el don del Espíritu.