La vida humana como bien sagrado
La Iglesia considera sagrada la vida humana porque procede de la acción creadora de Dios y mantiene una relación singular con su Creador. Dios es el único Señor de la vida desde su comienzo hasta su término; por ello, ninguna persona puede atribuirse legítimamente el derecho de destruir directamente a un inocente.2
La dignidad de la persona no depende de su edad, salud, capacidad mental, utilidad social, condición económica o conducta previa. Ante el derecho fundamental a la vida, todos los seres humanos poseen igual valor moral.1
El homicidio directo e intencionado
El quinto mandamiento prohíbe el homicidio directo e intencionado. La prohibición alcanza tanto la muerte querida como fin cuanto la muerte escogida como medio para conseguir otro objetivo. Una finalidad política, económica, sanitaria, militar o social no convierte en lícito el asesinato de un inocente.1,2
La acción posee especial gravedad cuando el autor pretende precisamente eliminar a la víctima. En ese caso, la voluntad humana se opone directamente al dominio de Dios sobre la vida y vulnera simultáneamente la justicia, la caridad y la dignidad de la persona.1,3
La responsabilidad puede alcanzar también a quienes cooperan voluntariamente en el homicidio. El Catecismo califica el asesinato y la cooperación deliberada con él como pecados que claman al cielo.2

