No todas las enseñanzas del Magisterio poseen el mismo grado de autoridad. El fiel debe distinguir entre las verdades divinamente reveladas, las verdades que deben sostenerse de modo definitivo y las enseñanzas auténticas no definitivas.
Verdades de fe divina y católica
Las verdades propuestas por la Iglesia como divinamente reveladas exigen un asentimiento de fe. El fiel las acepta porque Dios las ha revelado y porque la Iglesia las propone auténticamente como parte de la revelación.
La fórmula doctrinal tradicional denomina estas enseñanzas de fide credenda: deben creerse con fe divina y católica. Su fundamento inmediato es la autoridad de la palabra de Dios.
Una verdad de este tipo puede presentarse mediante una definición solemne del papa o de un concilio, pero también mediante el magisterio ordinario y universal de los obispos unidos al sucesor de Pedro.
Verdades definitivas
Otras doctrinas no han sido necesariamente reveladas de manera formal, pero mantienen una conexión necesaria con la revelación o resultan imprescindibles para custodiar y explicar el depósito de la fe. La Iglesia puede proponerlas como verdades que deben sostenerse definitivamente.
Estas doctrinas reciben tradicionalmente la denominación de fide tenenda. El fiel debe prestarles un asentimiento pleno, firme y definitivo, aunque el fundamento teologal de ese asentimiento no sea idéntico al de las verdades formalmente reveladas. En el primer caso, la adhesión descansa directamente en la fe en la palabra de Dios; en el segundo, en la fe en la asistencia del Espíritu Santo al Magisterio y en la doctrina católica de su infalibilidad.
La diferencia entre ambos grupos no afecta al carácter pleno e irrevocable del asentimiento exigido. Difiere el fundamento del acto de fe, no la firmeza con la que el católico debe aceptar la enseñanza.
Enseñanzas auténticas no definitivas
El Magisterio también propone enseñanzas que no alcanzan el nivel de una definición infalible ni de una doctrina que deba sostenerse definitivamente. Estas enseñanzas pueden contribuir a comprender mejor la revelación o aplicar sus principios a cuestiones morales concretas.
El fiel debe ofrecerles un asentimiento religioso de la voluntad y del entendimiento. Esta adhesión no consiste en una obediencia meramente exterior o disciplinaria, sino que nace de la obediencia de la fe y de la confianza en la misión doctrinal de la Iglesia.,
Al mismo tiempo, estas enseñanzas no poseen la garantía de irreformabilidad. Una formulación no definitiva puede recibir posteriormente precisiones, matices o incluso una reformulación más adecuada. La posibilidad de desarrollo doctrinal no equivale a error de la Iglesia, sino que reconoce la diferencia entre una enseñanza auténtica y una definición infalible.