Interceder significa orar en favor de otra persona. La Iglesia enseña que los santos no permanecen aislados de los fieles que todavía peregrinan en la tierra, sino que continúan unidos a ellos por la comunión de los santos.
Cristo constituye la cabeza del Cuerpo Místico, y los miembros de ese Cuerpo participan, de forma distinta y subordinada, en la vida y en la misión de los demás. La caridad que une a los cristianos no desaparece con la muerte; alcanza su plenitud en quienes ya contemplan a Dios. Por eso, los santos pueden presentar ante el Padre las necesidades de la Iglesia y de sus miembros.1,2,3
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que quienes viven en el cielo, al estar más estrechamente unidos a Cristo, interceden por la Iglesia y ofrecen a Dios los méritos que adquirieron durante su vida terrena, siempre mediante Jesucristo, único mediador entre Dios y los hombres.2
La intercesión de los santos comprende dos realidades relacionadas:
- La oración de los santos por nosotros, que ocurre en la presencia de Dios.
- La invocación de los santos, mediante la cual los fieles les piden que rueguen por ellos.
La Iglesia no considera que el santo conceda por poder propio aquello que el cristiano solicita. Dios concede toda gracia, y los santos interceden como criaturas glorificadas que participan de la obra salvadora de Cristo.



