Un acontecimiento real dentro del misterio de la Encarnación
La Iglesia entiende la concepción virginal como un acontecimiento real e histórico, aunque sobrenatural. Su carácter milagroso impide comprobarlo mediante observación empírica ordinaria; la fe lo recibe a partir del testimonio evangélico y de la transmisión constante de la Iglesia. La historicidad del acontecimiento no equivale, por tanto, a una explicación científica de cómo ocurrió.
Esta enseñanza protege dos afirmaciones inseparables: Jesús es verdaderamente humano y es el Hijo eterno de Dios. Es verdaderamente hijo de María según la humanidad, pero su existencia personal no comienza con la concepción: el que nace en el tiempo es el Verbo eterno. La generación humana de Jesús no sustituye ni repite su generación eterna del Padre; pertenece al misterio de la Encarnación.,
La virginidad de María tampoco implica que Jesús tuviera una humanidad incompleta. La fe cristiana confiesa que el Verbo asumió una naturaleza humana verdadera, recibida de María, y que nació realmente de ella. La ausencia de padre humano no convierte su nacimiento en una apariencia ni hace de María una mera receptora externa del niño.,
La acción del Espíritu Santo
En el relato de Lucas, el Espíritu Santo aparece como la fuerza divina que actúa en la concepción y hace posible el comienzo de la humanidad de Jesús. No ocupa el lugar del Padre dentro de la Trinidad: el Padre es el Padre eterno del Hijo, mientras que el Espíritu obra en la creación y en la historia de la salvación.
La Iglesia relaciona esta acción con la nueva creación. Así como la obra de Dios da origen a la vida, la concepción de Jesús anuncia, según la interpretación cristiana, la renovación de la humanidad por la iniciativa gratuita de Dios. Esta lectura no reemplaza la dimensión histórica del acontecimiento, sino que expresa su significado teológico.,
La cooperación de María
La concepción virginal manifiesta la iniciativa de Dios, pero no convierte a María en un instrumento pasivo. Lucas presenta su respuesta al anuncio como un acto libre de aceptación. La tradición católica contempla en esa respuesta su cooperación a la misión de Cristo y, mediante esa misión, a la salvación de la humanidad.,